08 diciembre 2008

El trasgu


Cuenta la leyenda, que en una aldea asturiana, un Trasgu la tomó con una casa. No tenía más diversión que dedicarse a romper la vajilla y otros objetos de cristal y cerámica. También se dedicaba a esconder los zapatos y la ropa de los que en esa casa vivían, cambiando las cosas de su lugar. Otra de sus manías, era tirar de las narices a los niños mientras dormían...

Así un día tras otro….Unos días les dejaba tranquilos, pero cuando menos lo esperaban, El Trasgu empezaba con sus molestas travesuras.
La familia, hizo todo lo posible para deshacerse de el…… Recordaban de sus abuelos que había maneras para engañarle y conseguir que se marchara. Después de intentarlo varias veces y de distintas maneras, se dieron cuenta que no conseguían engañarlo, solo conseguían enfadarlo aun mas y que cada vez se comportara de peor manera.
Cansados ya del dichoso Trasgu, acordaron mudarse a otra aldea para alejarse lo más posible de tan molesto personaje. Colocaron en un carro todos sus enseres con el mayor sigilo posible, para evitar que el Trasgu lo advirtiera. Cuando desfilaban con sus cosas, preguntó el de delante a los de atrás:
-¿Quedará algo? Y les respondió una tenue vocecilla: -¡Queda el candil, pero tranquilos “esi cárgolu yo”...! Era el Trasgu, que marchaba detrás de ellos... Viendo que no podían con el, decidieron no mudarse de casa y aceptar que el pequeño Trasgu fuera uno mas de la familia….

Cuenta la leyenda, que tardaron mucho en enseñarle modales….en conseguir que les ayudara en las tareas domesticas y dejara de hacer travesuras, al menos, las mas molestas…..Cuentan que después de un tiempo, le cogieron mucho cariño y que los niños se divertían mucho con el, aunque no pudieron evitar que el Trasgu les enseñara alguna que otra travesura y algún truco de magia.


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27 noviembre 2008

Almanzor. Una leyenda árabe


Un Mercader de joyas que vivía en la ciudad de Adén, en el Oriente, habiendo oído celebrar mucho la esplendidez y magnificiencia de Muhammad, pasó a estas partes de Andalucía para presentarle muchas y preciosas perlas.
Abi Amir, después de tomar las que más le agradaron, dió en pago al joyero su bolsa de piel llena de oro, con la cuál se despidió aquél muy contento, tomando, al volverse, el camino de la Rambla o arenal en las riberas del Guadalquivir.
Era un día muy caluroso, de suerte que el mercader, llegando a la mitad de aquel camino, no pudo sufrir más el bochorno del sol y queriendo refrescarse en el río, se despojó de sus vestidos y los dejó con la bolsa en la orilla. Cuando de improvisto llegó un milano y creyendo que la bolsa de piel era carne, la apresó con sus garras y se remontó con ella por los aires hasta perderse de vista. El mercader viendo arrebatada su fortuna y no pudiendo estorbarlo, se afectó tanto que le sobrevino una congoja y se retiró a su posada muy abatido y doliente. Pensando en su infortunio, al cabo de dos o tres días, vínole a la memoria lo que había oído decir de la gran sagacidad de Muhammad, y volviendo a presentársele le contó lo ocurrido.
- ¿Por qué al punto que te sucedió el caso -le dijo Muhammad- no viniste a mí con la nueva y te hubiese dado remedio? Mas, ¿observaste por ventura hacia qué parte dirigió el ave su vuelo?
- Pasó -respondió el mercader- volando hacia el Oriente, sobre la cima de ese monte de la Rambla, inmediato a tu alcázar.

Entonces Muhammad llamó a los esclavos de la axxortha que asistían de continuo cerca de su persona, y les dijo:
- Traedme luego a los jeques y mayorales de la gente de la Rambla.

Marcharon los esclavos y como volviensen de allí a poco con los jeques, dijo e éstos Muhammad.

- Dadme noticias al punto de ciertas personas de vuetra vecindad que han salido de repente del estado de pobreza en que vivían.

Los ancianos se miraron confusos por algunos momentos y al fín uno de ellos respondió:
- Oh señor mío: sólo tenemos noticias de un varón de los más pobres de nuestra gente, pues él y sus hijos siempre vivieron del trabajo de sus manos y han ido a pie con sus cargas, por no poder adquirir un jumento; y hoy no sólo le han comprado, sino que él y sus hijos van vestidos con alquiceles de un precio mediano.

Oído esto por Muhammad, mandó que al otro día por la mañana, compareciese en su presencia aquél rústico y encargó al mercader de joyas que volviese a verlo a la misma hora.
Llegados, pues, el uno y el otro a la hora que se les mandó, el amirí dijo al rústico, estando presente el mercader:
-Sábete que yo he perdido lo que tú te has hallado, ¿qué has hecho de ello?

El rústico respondió:
- Aquí esta, señor mío; y dandose un golpecito en el zaragüel, dejó caer la bolsa, a cuya vista el mercader dió un grito de alegría y no le faltó mucho para enloquecer de contento.
-Cuéntanos como ha pasado esto; dijo Muhammad al rústico, el cual respondió: - Trabajaba yo en mi huerto, debajo de una palma, cuando pasando un buitre, dejó caer a mis pies esa bolsa. La recogí, y admirandome de su primor, dije para mí: " Acaso el ave la habrá arrebatado del alcázar vecino". Guardela, pues, con intención de restituirla, pero mi pobreza me incitó a tomar de la bolsa diez mizcales para socorrerme con ellos y aunque confieso que hice mal, me disculpé a mí mismo, reflexionando que esa cantidad sería lo menos con que la generosidad de mi señor me gratificaría por mi hallazgo.

Admiróse Abi Amir de lo que oía y dijo al joyero:

- Recoge tu bolsa y examinala bien. Dime si lo que hay en ella es lo mismo que yo te entregé.

Hizoló así el mercader y dijo a Muhammad :

- En verdad, señor mío, que nada falta de ello, sino los dinares que él mismo confiesa haber tomado y que ya se los doy por regalados.

Replicole Muhammad:

- Yo no puedo consentir que este caso uses de largueza, ni quiero disminuirte un punto de tu alegría, sino que tu satisfacción y el premio de la honradez de este buen hombre sean completos.

Dicho esto, mandó que se diesen al mercader diez dinares en vez de los diez miztcales que había metidos en la bolsa, y otros diez al hortelano en recompensa de su tardanza en gastar el rico hallazgo que la fortuna puso en sus manos y añadió:
- Si yo empecé por preguntarte lo que habías hecho con la bolsa, antes de averiguar si la habías tomado, fue para poderte dar mayor galardón, premiando tu buena fe.

El mercader, tan satisfecho de haber recobrado su hacienda, cuando admirado de la sagacidad de Muhammad, no se cansaba de darle las gracias y le dijo:

- ¡Por Allah!, oh, señor mío, que con ser tan celebrado tu nombre por todos los países, aún no ha llegado a saberse en ellos toda la grandeza de tu gobieno, ni había oído decir que tú mandabas sobre las aves de tus señorios como mandas sobre los hombres y que ellas no esquivan tu poder, sino que respetan hasta tu vecindad.

Rióse Muhammad al oir esto y afectando modestia, dijo al joyero:

- Moderate en tus palabras, y Allah te perdone.


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26 octubre 2008

La Cueva del rey Cintuolo


Cintuolo gobernaba en tiempos por aquellos lares en una ciudad que se llamaba Bría. Tenía grandes riquezas y una hija muy hermosa que se llamaba Manfada querida por nobles y plebeyos por sus bondades.
Muchos príncipes y grandes señores acudían a rendir visita al rey por ver si podían casarse con su hija pero Cintuolo no tenía prisa por casarla, ni la princesa por casarse. Sus pretendientes eran hombres rudos que habían ganado su fama y posesiones por la guerra, sublevación o asesinato lo cual no aumentaba su valía a los ojos del rey.
Una mañana llegó a Bría un joven conde acompañado de unos pocos escuderos. Entre éstos había jóvenes y viejos para los cuales tenía una palabra amable y todos hablaban bien de este conde. Se hizo simpático a los ojos de la princesa y de su padre. Pero al poco llegó otro cortejo con gran acompañamiento de hombres de armas que acampó en la plaza como si fuera tierra conquistada. El jefe, hombre cruel y ya mayor envió un mensaje perentorio a Cintuolo exigiendo la mano de su hija para el rey Tuba de Oretón añadiendo que si no era atendido asaltaría el castillo. El joven conde se ofreció al rey para luchar contra este energúmeno por el amor de la princesa y confiado en que las boas fadas le ayudasen en su esfuerzo.
Pero Tuba era un vedoreiro, un brujo; sabía que no era rival en buena lid del joven conde y reunió a sus consejeros, también brujos, para lanzar un encanto para vengarse de Cintuolo. Hubo un horrísono trueno, un gran estruendo y la ciudad se derrumbó sobre las buenas gentes de Bría. Todos perecieron. El conde, que estaba velando las armas, saltó sobre su caballo y atacó al rey brujo al que atravesó con su espada. Al volver al castillo vio que en su lugar había una gran caverna. Entró en ella y sólo encontró grandes piedras y fantásticas columnas pero Brías había desaparecido.

Desde entonces, en la cueva hay un encanto, una princesa rubia que puede ser vista al amanecer por el mortal de corazón limpio que pase por allí. Si puede desencantarla quedará dueño de sus riquezas, pero si falla, será devorado por un monstruo que vive en la cueva.


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06 septiembre 2008

Iztaccíhuatl y Popocatépetl


Hace tiempo, cuando los aztecas dominaban el Valle de México, los otros pueblos debían obedecerlos y rendirles tributo que se tenía que pagar por las malas o por las malas. El cacique de Tlaxcala que era uno de los tantos pueblos oprimidos decidió pelear por la libertad de su pueblo y empezó una terrible guerra entre aztecas y tlaxcaltecas.

La princesa Iztaccíhuatl, hija del cacique de Tlaxcala, se había enamorado de Popocatépetl, uno de los principales guerreros de este pueblo. Ambos estaban enamorados, por lo que antes de ir a la guerra, el guerrero pidió al padre de la princesa la mano de ella si regresaba victorioso. El cacique de Tlaxcala aceptó el trato, prometiendo recibirlo con el festín del triunfo y el lecho de su amor. El guerrero se preparó con hombres y armas, partiendo a la guerra después de escuchar la promesa de que la princesa lo esperaría para casarse con él a su regreso. Al poco tiempo, un rival de Popocatépetl inventó que éste había muerto en combate. Al enterarse, la princesa Iztaccíhuatl lloró amargamente la muerte de popocatépetl y luego murió de tristeza.

Popocatépetl venció en todos los combates y regresó triunfante a su pueblo, pero al llegar, recibió la terrible noticia de que la hija del cacique había muerto. De nada le servían la riqueza y poderío ganados si no tenía su amor.

Entonces, para honrarla y a fin de que permaneciera en la memoria de los pueblos, Popocatépetl mandó que 20,000 esclavos construyeran una gran tumba ante el Sol, amontonando diez cerros para formar una gigantesca montaña.

Desconsolado, tomó el cadáver de su princesa y lo cargó hasta depositarlo recostado en su cima, que tomó la forma de una mujer dormida. El joven le dio un beso, tomó una antorcha humeante y se arrodilló en otra montaña frente a su amada, velando su sueño eterno. La nieve cubrió sus cuerpos y los dos se convirtieron, lenta e irremediablemente, en volcanes.

Desde entonces permanecen juntos y silenciosos Iztaccíhuatl y Popocatépetl, quien a veces se acuerda del amor y de su amada; entonces su corazón, que guarda el fuego de la pasión eterna, tiembla y su antorcha arroja humo.

Leyenda enviada por エデシェル


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05 septiembre 2008

La leyenda de Rhiannon


Rhiannon había sido prometida en matrimonio a un hombre mayor que ella encontraba repugnante. Desafiando el deseo de su familia, Rhiannon, al igual que otras diosas celtas, se negó a casarse con uno de su "propia naturaleza".
En lugar de ello, la diosa Rhiannon había elegido a un rey mortal, Pwyll, como su futuro esposo, a quien se le apareció una tarde mientras él se encontraba con sus compañeros en un cerro cercano a su castillo.

Cuando el joven rey vio a Rhiannon, quedo encantado con la visión de la hermosa diosa vestida de brillante oro, galopando en su poderosa yegua blanca. Ella pasó por el sin brindarle ni siquiera una mirada. Pwyll estaba intrigado, entonces envió a uno de sus siervos a capturarla y le pidió que se la trajera. Pero pronto el sirviente regresó y le informó al rey, que aquella mujer corría con tanta rapidez que parecía su caballo apenas tocaba el suelo y que él ni siquiera había podido ver a donde se había ido.

Al día siguiente, Pwyll regresó solo al cerro y una vez más, la diosa celta apareció. Montado en su caballo, Pwyll, la persiguió pero tampoco pudo alcansarla. A pesar que su caballo corría más rápido que el de Rhiannon, la distancia entre ellos siempre parecía la misma. Por último, después de que su caballo comenzó a temblar del agotamiento, se detuvo y le suplicó a ella que se detuviese. Rhiannon lo hizo.

-Si veías que venía tras de ti, por qué no te detuviste? - preguntó el rey.
-Porque no me lo habías pedido. -respondió la Diosa.

La diosa Rhiannon entonces le hizo saber que ella había venido a encontrarlo en búsqueda del amor. Pwyll recibió la noticia con agrado y entonces tomó las riendas de la blanca yegua para guiarla a su reino. Rhiannon sonrió con ternura y sacudió la cabeza, diciéndole que deberían esperar un año para luego casarse. En ese momento, la diosa Rhiannon simplemente desapareció en las profundidades del bosque.

Rhiannon regresó un año más tarde, vestida como antes, para saludar a Pwyll en el cerro. Él estuvo acompañado por una tropa de hombres, como corresponde a un Rey en su día de la boda. Hablando sin palabras, Rhiannon invitó a los hombres a seguirla por el enmarañado bosque. Aunque temerosos, ellos cumplieron. A medida que se internaban entre los árboles, un camino se abría hacia adelante a la vez que tras ellos, el camino se cerraba.

Al llegar a un claro, se unió a la procesión, una bandada de pequeños pájaros cantores que revoloteaban juguetonamente en el aire alrededor de la cabeza de Rhiannon. Con el sonido de sus hermosos trinos, todos los temores de los hombres se fueron disipando. En poco tiempo llegaron al palacio de su padre, un lugar majestuoso construido de cristal plateado, rodeado por un lago.

Después de la boda, una gran fiesta tuvo lugar para celebrar el matrimonio de la diosa. La familia y el pueblo de Rhiannon son a la vez acogedores y alegres, pero una pelea estalló a la celebración. Se dice que el hombre al que una vez había sido prometida a contraer matrimonio estaba haciendo una escena, argumentando que no se debía permitir a la joven diosa, que se case con alguien de fuera de su propio pueblo.

Rhiannon se alejó discretamente del lado de su marido, para hacer frente a la situación... usando un poco de magia, convirtió al persistente hombre en un tejón y lo atrapó en una bolsa que tiró en el lago. Desafortunadamente, él logró escapar y más tarde volvió a causar grandes estragos en la vida de Rhiannon.

Al día siguiente Rhiannon, Pwyll y sus hombres parten para ir a Gales para presentar a su princesa. Cuando salieron del bosque y los árboles se cerraron detrás de ellos, Rhiannon tomó un momento para echar un vistazo hacia atrás. Ella sabía que la entrada al reino de hadas se había cerrado y que nunca más podría volver al hogar de su infancia.

Rhiannon fue acogida con satisfacción por la gente de su esposo y admirado por su gran belleza y su hermoso canto. Sin embargo, dos años pasaron sin ella quedara embarazada del heredero al trono. La cuestión de su sangre, su "aptitud" para ser reina comenzó a ser puesta en duda. Afortunadamente, en el siguiente año ella quedó embarazada y tuvo un saludable hijo. Este bebé, sin embargo, iba a ser la fuente de una gran tristeza para Rhiannon y Pwyll.

Como era costumbre entonces, seis mujeres habían sido asignados a quedarse con Rhiannon en su cuarto para ayudar con el cuidado del bebé. Aunque las mujeres tenían que trabajar en turnos, durante la noche todas atendían al bebé para que la diosa Rhiannon pudiera dormir y recuperar su fuerza después del parto.

Pasó que una noche, todas las criadas se quedaron dormidas y cuando se despertaron, encontraron la cuna vacía. Temiendo ser severamente castigadas por su negligencia, ellas idearon un plan para culpar a la diosa Rhiannon que después de todo, era una extraña que no pertenecía a su propio pueblo. Las criadas mataron a un cachorro y ensuciaron con sangre a Rhiannon mientras dormía y esparcieron sus huesos alrededor de su cama. Entonces la diosa fue culpada de comerse a su propio hijo.

Aunque Rhiannon juró su inocencia, Pwyll, por su propio sufrimiento, la conmoción y el dolor y ante el enojo de sus asesores y del pueblo, no pudo defenderla. Solo se limitó a decir que él no iba a divorciarse de ella pero pedía para ella un castigo.

Entonces es condenada a llevar sobre su espalda a todos los visitantes que vayan a la fortaleza de su esposo. Durante cuatro años Rhiannon estuvo en la puerta de castillo, contando a todos la historia de su delito.

Rhiannon cumplió con su humillante castigo sin queja. A través del frío de los inviernos y el polvo de calor de los veranos, ella soportó con tranquila aceptación. Su valor era tal que pocos aceptan su oferta de transporte en el castillo. El respeto de la gente empezó a propagarse en todo el reino con los viajeros que hablaban de la condena, la pena y la dignidad con la que la diosa Rhiannon llevaba su sufrimiento.

En el otoño del cuarto año, tres desconocidos aparecieron en la puerta. Eran un hombre bien vestido, su esposa, y un chico joven. Rhiannon se levantó para saludarlos diciendo: "Señores, estoy aquí para llevarlos sobre mi a cada uno de ustedes a la corte del Rey, porque he matado a mi único hijo y este es mi castigo". El hombre, su esposa, y el niño desmontaron.

Mientras que el hombre levantaba a Rhiannon, el niño le entregó un trozo de vestido de bebé. Rhiannon vio que era de la tela que había tejido con sus propias manos. El muchacho entonces le sonrió y ella reconoció que tenía delante los ojos de su hijo, Pryderi.

Al poco tiempo la historia fue contada. Cuatro años antes, durante una gran tormenta, el noble agricultor había sido llamado al campo para ayudar a una yegua en el trabajo de parto. Fue entonces cuando oyó el llanto de un bebé que encontraron abandonado. Él y su esposa se quedaron con el bebé, y lo criaron como si fuera propio. Cuando los rumores de la suerte de la diosa Rhiannon llegado a sus oídos, el agricultor se dio cuenta de lo que había sucedido y quisieron devolver el niño a sus padres.

La mayoría de las leyendas sugieren que el raptor fue el tejón, aquel antiguo pretendiente que enfurecido porque Rhiannon lo había rechazado, había escapado y había tomado venganza, secuestrando a su bebé.

El muchacho fue reconocido rápidamente cómo hijo del Rey Pwyll. La diosa Rhiannon fue restaurada en su honor y recuperó su lugar al lado de su marido. A pesar que había sufrido enormemente en sus manos, Rhiannon, diosa de nobles rasgos, vio que estaba avergonzado y lo cubrió con el perdón y la comprensión.


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