22 febrero 2009

Kurma y el Océano de leche.


Un sabio Brahman llamado Dervaras, regaló cierto día una hermosa guirnalda a Indra. Éste le agradeció el gesto al sabio y la colocó en la cabeza de su elefante. Pero el paquidermo se excitó con el perfume que tenía la guirnalda y la tiró al suelo. Dervaras entendió esto como un desprecio y una ofensa. Decidió entonces maldecir a Indra y a todos los dioses diciéndole que su reino terminaría pronto. Los Dioses pronto vieron perder su poder y temieron ser vencidos por los asuras (demonios). Fue Visnu quien ideó un plan para combatir la maldición. Reunió a los demás Dioses y les dijo: "Tomad plantas y hierbas de distintos tipos y echadlos en el mar de leche.

Tomad a la montaña Mandava como palo de batir y a Vasoki, la Serpiente, como soga. Juntos batid el océano para producir el brebaje fuente de toda fuerza e inmortalidad".
Así hicieron los dioses y Visnú llevó a cabo su segunda encarnación en la tierra en forma de tortuga, para ser utilizada como eje para la gran "batidora" del océano.
Cuando batieron el mar de leche, surgió de las aguas en primer lugar: la Vaca Sagrada Surabhi, fuente eterna de leche y mantequilla. Luego saldrían: Varuni, la diosa del vino; Parijata, árbol del paraíso; las apsaras, coro de ninfas celestiales y la luna. Después aparecería la más bella de todas las diosas: Sri o Laksmi, quien luego se casaría con Visnu.
Al final surgió Dharvantari, médico de los dioses. En su mano sostenía la copa del néctar milagroso. Cada uno de los dioses tomó del brebaje y volvieron a ser poderosos, terminando así con la maldición de Dervaras.


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21 enero 2009

El nacimiento del Nilo


En el año de reinado número dieciocho del Rey Tcheser, la sequía arreciaba por todo Egipto debido a que el Nilo llevaba siete años sin inundarse. Por ello, cualquier grano escaseaba, los campos y los jardines no producían nada y por tanto las personas no tenían alimento. Los hombres se debilitaban, los ancianos fallecían, los niños lloraban de hambre y muchas personas se transformaron en ladrones por el poco alimento que existía.

El Rey se acordó del dios I-Em-Hetep, (hijo de Ptath), que en otra ocasión había librado a Egipto de parecido desastre, pero dicho Dios no hizo acto de presencia frente a las rezos del manadatario de Egipto. El Rey envió un mensaje preguntandole a Mater, gobernador del Sur, donde se ubicaba la fuente del Nilo y quien era el dios o diosa del rio. De esta manera Mater le habló de la maravillosa isla de Elefantina, donde yacía la primera ciudad que jamás se conoció, que de ella salía el Sol para para conferir vida a la humanidad. En esta isla también existía una cueva doble, Querti, con la forma de dos pechos, y que, de dicha cueva surgía la inundación del Nilo para bendecir la tierra con gran majestad cuando el dios Khnemu abría la puerta en la estación apropiada del año.

Al saber quien era el dios encargado del rio, procedió a ofrecer sacrificios e hizo súplicas ante él en su templo. El dios lo escuchó y apareció ante el Rey angustiado, entonces dijo: "Yo soy Khnemu el Creador. Mis manos descansan sobre ti para protegerte y para sanarte. Te doy un corazón… Yo soy el que te creó, soy el primitivo abismo acuoso, y yo soy el Nilo que se levanta a su antojo para conferir salud a quienes se afanan , yo soy el guía y dirigente de todos los hombres, el Todopoderoso, el padre de los dioses, Shu el poderoso amo de la Tierra".

Luego el dios le prometió al Rey que súbitamente el Nilo se levantaría todos los años como antes y que la sequía se acabaría y llegaría el bien a la tierra. También le contó al Rey lo abandonando que se encontraba su templo de adoración, fue por ello que se decretó que las tierras en cada lado del Nilo cerca de la isla donde moraba Khnemu, debían ser conservadas como la dote de su templo y el Rey ordenó que este decreto fuera tallado en una estela de piedra y se colacara en un lugar prominente como prueba duradera de su agradecimiento al dios Khnemu, el dios del Nilo.


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08 diciembre 2008

El trasgu


Cuenta la leyenda, que en una aldea asturiana, un Trasgu la tomó con una casa. No tenía más diversión que dedicarse a romper la vajilla y otros objetos de cristal y cerámica. También se dedicaba a esconder los zapatos y la ropa de los que en esa casa vivían, cambiando las cosas de su lugar. Otra de sus manías, era tirar de las narices a los niños mientras dormían...

Así un día tras otro….Unos días les dejaba tranquilos, pero cuando menos lo esperaban, El Trasgu empezaba con sus molestas travesuras.
La familia, hizo todo lo posible para deshacerse de el…… Recordaban de sus abuelos que había maneras para engañarle y conseguir que se marchara. Después de intentarlo varias veces y de distintas maneras, se dieron cuenta que no conseguían engañarlo, solo conseguían enfadarlo aun mas y que cada vez se comportara de peor manera.
Cansados ya del dichoso Trasgu, acordaron mudarse a otra aldea para alejarse lo más posible de tan molesto personaje. Colocaron en un carro todos sus enseres con el mayor sigilo posible, para evitar que el Trasgu lo advirtiera. Cuando desfilaban con sus cosas, preguntó el de delante a los de atrás:
-¿Quedará algo? Y les respondió una tenue vocecilla: -¡Queda el candil, pero tranquilos “esi cárgolu yo”...! Era el Trasgu, que marchaba detrás de ellos... Viendo que no podían con el, decidieron no mudarse de casa y aceptar que el pequeño Trasgu fuera uno mas de la familia….

Cuenta la leyenda, que tardaron mucho en enseñarle modales….en conseguir que les ayudara en las tareas domesticas y dejara de hacer travesuras, al menos, las mas molestas…..Cuentan que después de un tiempo, le cogieron mucho cariño y que los niños se divertían mucho con el, aunque no pudieron evitar que el Trasgu les enseñara alguna que otra travesura y algún truco de magia.


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27 noviembre 2008

Almanzor. Una leyenda árabe


Un Mercader de joyas que vivía en la ciudad de Adén, en el Oriente, habiendo oído celebrar mucho la esplendidez y magnificiencia de Muhammad, pasó a estas partes de Andalucía para presentarle muchas y preciosas perlas.
Abi Amir, después de tomar las que más le agradaron, dió en pago al joyero su bolsa de piel llena de oro, con la cuál se despidió aquél muy contento, tomando, al volverse, el camino de la Rambla o arenal en las riberas del Guadalquivir.
Era un día muy caluroso, de suerte que el mercader, llegando a la mitad de aquel camino, no pudo sufrir más el bochorno del sol y queriendo refrescarse en el río, se despojó de sus vestidos y los dejó con la bolsa en la orilla. Cuando de improvisto llegó un milano y creyendo que la bolsa de piel era carne, la apresó con sus garras y se remontó con ella por los aires hasta perderse de vista. El mercader viendo arrebatada su fortuna y no pudiendo estorbarlo, se afectó tanto que le sobrevino una congoja y se retiró a su posada muy abatido y doliente. Pensando en su infortunio, al cabo de dos o tres días, vínole a la memoria lo que había oído decir de la gran sagacidad de Muhammad, y volviendo a presentársele le contó lo ocurrido.
- ¿Por qué al punto que te sucedió el caso -le dijo Muhammad- no viniste a mí con la nueva y te hubiese dado remedio? Mas, ¿observaste por ventura hacia qué parte dirigió el ave su vuelo?
- Pasó -respondió el mercader- volando hacia el Oriente, sobre la cima de ese monte de la Rambla, inmediato a tu alcázar.

Entonces Muhammad llamó a los esclavos de la axxortha que asistían de continuo cerca de su persona, y les dijo:
- Traedme luego a los jeques y mayorales de la gente de la Rambla.

Marcharon los esclavos y como volviensen de allí a poco con los jeques, dijo e éstos Muhammad.

- Dadme noticias al punto de ciertas personas de vuetra vecindad que han salido de repente del estado de pobreza en que vivían.

Los ancianos se miraron confusos por algunos momentos y al fín uno de ellos respondió:
- Oh señor mío: sólo tenemos noticias de un varón de los más pobres de nuestra gente, pues él y sus hijos siempre vivieron del trabajo de sus manos y han ido a pie con sus cargas, por no poder adquirir un jumento; y hoy no sólo le han comprado, sino que él y sus hijos van vestidos con alquiceles de un precio mediano.

Oído esto por Muhammad, mandó que al otro día por la mañana, compareciese en su presencia aquél rústico y encargó al mercader de joyas que volviese a verlo a la misma hora.
Llegados, pues, el uno y el otro a la hora que se les mandó, el amirí dijo al rústico, estando presente el mercader:
-Sábete que yo he perdido lo que tú te has hallado, ¿qué has hecho de ello?

El rústico respondió:
- Aquí esta, señor mío; y dandose un golpecito en el zaragüel, dejó caer la bolsa, a cuya vista el mercader dió un grito de alegría y no le faltó mucho para enloquecer de contento.
-Cuéntanos como ha pasado esto; dijo Muhammad al rústico, el cual respondió: - Trabajaba yo en mi huerto, debajo de una palma, cuando pasando un buitre, dejó caer a mis pies esa bolsa. La recogí, y admirandome de su primor, dije para mí: " Acaso el ave la habrá arrebatado del alcázar vecino". Guardela, pues, con intención de restituirla, pero mi pobreza me incitó a tomar de la bolsa diez mizcales para socorrerme con ellos y aunque confieso que hice mal, me disculpé a mí mismo, reflexionando que esa cantidad sería lo menos con que la generosidad de mi señor me gratificaría por mi hallazgo.

Admiróse Abi Amir de lo que oía y dijo al joyero:

- Recoge tu bolsa y examinala bien. Dime si lo que hay en ella es lo mismo que yo te entregé.

Hizoló así el mercader y dijo a Muhammad :

- En verdad, señor mío, que nada falta de ello, sino los dinares que él mismo confiesa haber tomado y que ya se los doy por regalados.

Replicole Muhammad:

- Yo no puedo consentir que este caso uses de largueza, ni quiero disminuirte un punto de tu alegría, sino que tu satisfacción y el premio de la honradez de este buen hombre sean completos.

Dicho esto, mandó que se diesen al mercader diez dinares en vez de los diez miztcales que había metidos en la bolsa, y otros diez al hortelano en recompensa de su tardanza en gastar el rico hallazgo que la fortuna puso en sus manos y añadió:
- Si yo empecé por preguntarte lo que habías hecho con la bolsa, antes de averiguar si la habías tomado, fue para poderte dar mayor galardón, premiando tu buena fe.

El mercader, tan satisfecho de haber recobrado su hacienda, cuando admirado de la sagacidad de Muhammad, no se cansaba de darle las gracias y le dijo:

- ¡Por Allah!, oh, señor mío, que con ser tan celebrado tu nombre por todos los países, aún no ha llegado a saberse en ellos toda la grandeza de tu gobieno, ni había oído decir que tú mandabas sobre las aves de tus señorios como mandas sobre los hombres y que ellas no esquivan tu poder, sino que respetan hasta tu vecindad.

Rióse Muhammad al oir esto y afectando modestia, dijo al joyero:

- Moderate en tus palabras, y Allah te perdone.


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26 octubre 2008

La Cueva del rey Cintolo


Cintolo gobernaba en tiempos por aquellos lares en una ciudad que se llamaba Bría. Tenía grandes riquezas y una hija muy hermosa que se llamaba Manfada querida por nobles y plebeyos por sus bondades.
Muchos príncipes y grandes señores acudían a rendir visita al rey por ver si podían casarse con su hija pero Cintolo no tenía prisa por casarla, ni la princesa por casarse. Sus pretendientes eran hombres rudos que habían ganado su fama y posesiones por la guerra, sublevación o asesinato lo cual no aumentaba su valía a los ojos del rey.
Una mañana llegó a Bría un joven conde acompañado de unos pocos escuderos. Entre éstos había jóvenes y viejos para los cuales tenía una palabra amable y todos hablaban bien de este conde. Se hizo simpático a los ojos de la princesa y de su padre. Pero al poco llegó otro cortejo con gran acompañamiento de hombres de armas que acampó en la plaza como si fuera tierra conquistada. El jefe, hombre cruel y ya mayor envió un mensaje perentorio a Cintolo exigiendo la mano de su hija para el rey Tuba de Oretón añadiendo que si no era atendido asaltaría el castillo. El joven conde se ofreció al rey para luchar contra este energúmeno por el amor de la princesa y confiado en que las boas fadas le ayudasen en su esfuerzo.
Pero Tuba era un vedoreiro, un brujo; sabía que no era rival en buena lid del joven conde y reunió a sus consejeros, también brujos, para lanzar un encanto para vengarse de Cintolo. Hubo un horrísono trueno, un gran estruendo y la ciudad se derrumbó sobre las buenas gentes de Bría. Todos perecieron. El conde, que estaba velando las armas, saltó sobre su caballo y atacó al rey brujo al que atravesó con su espada. Al volver al castillo vio que en su lugar había una gran caverna. Entró en ella y sólo encontró grandes piedras y fantásticas columnas pero Brías había desaparecido.

Desde entonces, en la cueva hay un encanto, una princesa rubia que puede ser vista al amanecer por el mortal de corazón limpio que pase por allí. Si puede desencantarla quedará dueño de sus riquezas, pero si falla, será devorado por un monstruo que vive en la cueva.


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