28 febrero 2008

Trentrenvilu y Cacaivilu


Hace mucho tiempo, en la época de los Pillanes, los hijos de los más poderosos (Peripillán y Antu) fueron convertidos en serpientes en castigo. Es así como Caicai (hijo de Peripillán) fue convertido en una serpiente marina, mientras que Trentren fue convertido en una serpiente de tierra.

Cacaivilu era enemiga de la vida terrestre, además, el "desagradecido hombre" no le rendía tributo por lo que les brindaba, mientras que si agradecían al hijo de Antu. No era de extrañar, Trentrenvilu era un ser bondadoso, que protegía a los hombres y a la vida en general.

La ira de Caicaivilu aumentó con el tiempo, junto a sus celos y en un deseo de castigar a los hombres, agitó su inmensa cola sobre las aguas formando olas gigantes con el propósito de incorporar la tierra de los hombres dentro de sus dominios.

Trentren vio esto y empezó a elevar el nivel de la tierra, formando cerros en donde los hombres pudieran refugiarse para no perecer ahogados. Transformó a quienes se estaban a punto de ahogar en aves y a los que caían a las aguas en peces y animales marinos.

No bastó, Cacaivilu, elevó aún más el nivel del mar de tal forma que los valles quedaron sumergidos y los cerros se transformaron en islas (archipiélago de Chiloé). Así que Trentren ordenó a los cerros elevarse más aún formando una columna de montañas (Cordillera de los Andes) para que pudieran protegerse.

Las serpientes empezaron a luchar entre ellas hasta que quedaron agotadas, ganando Trentren al conseguir que la tierra no desapareciera bajo las aguas, pero sin lograr que se retiraran del todo, formando así la actual geografía de Chile.


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La Guerra por Ethan


Según cuenta la leyenda, hubo un famoso rey de Irlanda de la raza de los Tuathan Dé Dann, Eochaid Ollathair su nombre.

Ethan, hija de Etar creció con una belleza envidiable. Eochaid Ollathair, Rey de Irlanda, quien andaba buscando una buena mujer para casarse, se enamoró de ella nada más al verla. Se casó pues con ella y pasaron años juntos.
Eochaid tenía un hermano llamado Ailill. Sucedió que Aillil cayó enfermo y nadie sabía la causa de sus males. Él mismo le confesaría después a Etain que la causa era su amor por ella y la convenció de que si no llegaban a consumar ese amor él moriría.

Etain se citó con Ailill para amarse pero éste no llega a la cita. Quien llega es Midir el Orgulloso, quien le dice que él había hechizado a Aillil para poder citarse en ese sitio con ella. El le pide que se fuera con él a la Tierra de la Juventud, pues ya Fuamnach había muerto.
Etain no entendía nada, así que Midir le explicó todo su pasado. Poco después se fueron los dos esposos inmortales.

Eochaid se enfadó mucho al saber de la fuga de su esposa, y fue donde un famoso druida quien le informó donde estaba el palacio de Midir. Eochaid y su ejército fue a buscarla a la Tierra de la Juventud y encontró fuerte resistencia por parte de la gente de Midir, pero al final quedaron acorralados y Midir tuvo que ceder y le dijo a Eochaid que se la entregaría. Entonces, ante los ojos de Eochaid y desfilaron 50 doncellas tan igual de bellas como Ethan.

-Escoge a tu verdadera esposa -dijo Midir-.

Se dice que Ethan le hizo una señal y así pudo él acertar la escogencia. Ethan volvió a vivir con Eochaid y le dio una hija a quien llamaron también Ethan.


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27 febrero 2008

El Arpa de Dagda


Cuenta la leyenda que en la segunda batalla de Mag Tuiredh, el arpista del Dagda -con el arpa incluida- cayó prisionero de los fomorianos.
Uno de los hijos de El Dagda -Oghma- y el heroico Lugh, lo acompañaron hasta el campamento enemigo para rescatar al arpista y recuperar Arpa mágica con la qué Dagda controla el inicio y final de las estaciones, la cuál obtuvo del Mundo Superior.

Para ello fueron en su búsqueda, llegando hasta el salón de banquetes del palacio submarino de sus enemigos. Allí vieron como el arpa colgaba de la pared y Dagda con sus poderes, la llamó y ésta rápidamente se descolgó por sí sola y voló hasta las manos de su legítimo dueño, matando en el trayecto a nueve fomorianos.

El Dagda usó una poderosa invocación como llamada que rezaba así:

¡Ven Roble de los dos gritos!
¡Ven mano de música cuádruple!
¡Ven verano, ven invierno!
¡Voz de arpas, fuelles y flautas!

Cuando el dios Dagda recuperó de nuevo su Arpa, tocó en ella las tres nobles cuerdas, que cualquier gran maestro del arpa debía dominar: los acordes de la risa; del llanto y los del sueño. De esta manera provocó una enorme risa, luego llanto y por último fomorianos cayeron en un largo sueño. Merced a esto pudo huir sin contratiempos.


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24 febrero 2008

El día que Yewá se fue


Los framboyanes anaranjados y amarillos; los jagüeyes matizados de verdes y carmelitas; las ceibas cuyas ramas invocaban a Olofin; las rosas, las margaritas, las gardenias, las violetas; las pocetas con lirios que nacían en lo profundo del limo; los ríos con sus cataratas que formaban arcoiris; los puentes imaginarios de chinas pelonas; las enredaderas tupidas y multicolores: así era el ambiente de pureza absoluta en el jardín del espacio infinito donde estaba el palacio de Obatalá y Yembó, orishas padres de todo el panteón yoruba.
Su hija Yewá, bella entre las bellas, a quien al nacer se le habían entregado los dones de la pureza, la virginidad y la hermosura, paseaba su tranquilidad espiritual, vestida con sus colores preferidos: los tonos rosa, que tan bien venían a su angelical figura. Ella, quien no se relacionaba con nadie, vivía, etérea, dentro de los muros de la casa paterna, la cual abarcaba el universo con todos sus astros.

En una reunión de orishas y awós, Shangó comentaba lo poco virtuosas que eran las mujeres. Elegguá saltó, y contó de la existencia de esta virgen dulcísima, encerrada entre los muros de su jardín, no vista por nadie más que por sus padres. Shangó, asombrado y picado en su vanidad de hombre viril, majestuoso y atractivo, decidió tentarla, con la picardía propia de sus muchas experiencias amorosas.

Al día siguiente, escaló la tapia del jardín cuyas flores le sonrieron y ofrecieron sus pétalos en saludo al rey poderoso y vital que las acariciaba con su presencia. Los pájaros cantaban muy bajo. Esto llamó la atención de Shangó, pues los pájaros siempre trinan alto en lugares intrincados; sin embargo, allí, todo estaba en calma.

Sin poder precisar cómo ni cuándo, de repente se alborotaron los pericos, canarios, tórtolas y palomas, y sus cantos saludaron la llegada de una joven bellísima, quien flotaba al encuentro de la naturaleza. Las flores perfumaban su paso con sutiles aromas, las hojas se abrían para dejar caer ante ella el rocío de la noche, como alfombra de perlas.

Shangó quedó fascinado por el hechizo de aquella visión. Sin recordar los sabios consejos de Elegguá, se irguió ante Yewá quien, con los ojos bajos, rechazaba las vibraciones que le producía aquel joven que tenía delante. Shangó le dijo: "Yewá, bella entre las más bellas, mírame, no temas". Ella, en ese instante de flaqueza, no pudo acallar aquel sentimiento extraño y cálido, y levantó la vista, para faltar así a la palabra dada a su padre. Lloró entonces de vergüenza y corrió a esconderse.

En ese momento había conocido el amor, emoción prohibida para ella. Sería su amor uno eterno e imposible. Decidió confesarle la culpa a su padre y cubrirse la cara con un velo para que nadie viera que había faltado a su promesa. Entonces, toda su ropa adquirió tonalidades de un rosa más profundo, y el mundo conoció por primera vez el rubor de la vergüenza.

Obatalá, sabio entre los sabios, se dio cuenta, al ver a su hija, de que algo muy malo le sucedía. Yewá lloraba sin consuelo, pero austera y justa como era, se refugió en los brazos paternos y le contó lo sucedido con Shangó. Obatalá quedó pensativo, pues en su reino y con sus hijos estaban sucediendo cosas que atentaban contra la moral establecida. Oloddumare se daba cuenta también y no aprobaba estas conductas. Como dueño de todo lo existente, había comentado a Obatalá que sería severo e implacable con el próximo que cometiera un acto de desobediencia. Yewá sabía ésto.
-Padre – le dijo – cumpla con su deber. Yo sé que resulta penoso para usted, pero mi falta es irreparable. ¿Que el castigo que se me imponga dure mientras haya un ser humano sobre la tierra?
Entonces, Obatalá la condenó a no dejar ver jamás su rostro; a gobernar sobre el país de los muertos como la más alta autoridad, y a vigilar de noche sus dominios convertida en lechuza, dueña de las tinieblas, símbolo de la sabiduría y la soledad.

Triste, Yewá partió al mundo de los silencios infinitos, al mundo de los muertos. En ese momento, temblaron las tierras, surgieron volcanes, las olas taparon las rocas, los rayos encendieron los bosques, el cielo oscureció, y con las lágrimas de Obatalá, furioso por haber mandado a su hija Yewá a la soledad del mundo de los eggun y de Ikú, se inundó el país de los orishas.


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20 febrero 2008

La maldición de Macha


Crunden, hijo de Agnoman, vivía en una parte solitaria del Ulster, entre las montañas, y tenía un buen pasar; pero su esposa había muerto, y él tenía sobre sí el cuidado de sus cuatro hijos.

Un día estaba sentado en la casa cuando vio entrar por la puerta a una mujer, alta, agraciada y bien vestida, que sin decir palabra se sentó junto al hogar y se puso a encender el fuego.

Fue después a donde estaba la harina, la sacó y la mezcló y asó una torta. Al atardecer tomó una vasija y salió a ordeñar las vacas, pero en todo el tiempo no dijo palabra.
Volvió después a entrar en la casa y se dio una vuelta hacia la derecha y se quedó la última en pie para tapar el fuego.

La mujer se llamada Macha, allí permaneció, y Crunden se casó con ella. Ella los atendía a él y a sus hijos y todo lo que tenía el hombre prosperaba.

Un día se dispuso una gran asamblea de los hombres del Ulster para hacer juegos y carreras y toda clase de entretenimientos; y todos los que podían -hombres y mujeres- solían ir a esa asamblea.

- Yo iré hoy allí - dijo Crunden -, como van todos los demás hombres.
- No vayas - dijo su mujer-, pues sólo con que en la feria pronuncies mi nombre, me perderás para siempre.
- Entonces no hablaré de ti para nada - dijo Crunden. Y marchó con los demás a la feria, donde estaba toda la gente del país.

A la hora nona llevaron el carro real al campo, y los caballos del rey ganaron la carrera. Entonces los bardos y poetas, los druidas y los servidores del rey y toda la asamblea, se pusieron a alabar al rey y la reina y sus caballos. Entonces clamaron:

"Nunca hubo mejores caballos que éstos; no hay quien corra más en toda Irlanda".

- Mi mujer corre más que esos dos caballos, dijo Crunden.

Cuando se lo contaron al rey, dijo:

- Apresad a ese hombre, y retenedle hasta que se pueda traer a su mujer a que pruebe su suerte corriendo contra los caballos.

Así que le apresaron y le retuvieron, y se enviaron mensajeros del rey a la mujer.

Ella dio la bienvenida a los mensajeros y les preguntó a que iban.

- Venimos por orden del rey - dijeron - a llevarte a la feria, para ver si corres más deprisa que los caballos del rey; pues tu marido se ha jactado de que lo harías, y ahora está preso hasta que vayas tú a liberarle.

- Necedad de mi marido fue decir eso - dijo ella -; en cuanto a mí, no estoy en condiciones de ir, porque pronto daré a luz.
- Qué pena - dijeron los mensajeros -, porque si no vienes se dará muerte a tu marido.
- Siendo así, tengo que ir, pase lo que pase - dijo ella.

Con esto partió hacia la asamblea, y cuando llegó allí todos se agolparon para verla.

- No es decoroso mirarme, en el estado en que estoy - clamó ella -; ¿para qué me han traído aquí?
- Para correr contra los dos caballos del rey - gritó el pueblo.
- ¡Ay dolor! - dijo ella - no me lo pidáis, pues ya se acerca mi hora.
- Sacad las espadas y matad a ese hombre - dijo el rey.
- Ayudadme - dijo ella al pueblo -, pues todos vosotros habéis nacido de madre. Y dijo al rey :
- Dame siquiera un plazo hasta que nazca mi hijo.
- No doy ningún plazo - dijo el rey.
- Entonces la vergüenza que caerá sobre ti será mayor que la que caiga sobre mí - dijo ella-.Y porque no has tenido conmigo ni piedad ni respeto, caerá sobre ti un mayor castigo que el que ha caído sobre mí. Que traigan los caballos y los pongan a mi lado.

Echaron a correr, y Macha adelantó a los caballos y ganó la carrera.
En la meta le dieron los dolores del parto, y alumbró a dos hijos, niño y niña, y del dolor dio un gran grito. De pronto acometió una debilidad a cuantos habían oído el grito, y de suerte que no tenían más fuerzas que la mujer allí tendida.

Y Macha dijo así:

"De aquí en adelante, y hasta la novena generación, la vergüenza que habeís puesto sobre mí caerá sobre vosotros; y en el tiempo en en que m´ds necesiteís vuestra fuerza, en el tiempo en que vuestros enemigos os estén cercando, en ese tiempo la debilidad de una parturienta descenderá sobre todos los hombres de la provincia del Ulster."

Y así sucedió. Y de todos los hombres del Ulster nacidos después de aquel día, ninguno escapó a aquella maldición.


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