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28 febrero 2008

Trentrenvilu y Cacaivilu


Hace mucho tiempo, en la época de los Pillanes, los hijos de los más poderosos (Peripillán y Antu) fueron convertidos en serpientes en castigo. Es así como Caicai (hijo de Peripillán) fue convertido en una serpiente marina, mientras que Trentren fue convertido en una serpiente de tierra.

Cacaivilu era enemiga de la vida terrestre, además, el "desagradecido hombre" no le rendía tributo por lo que les brindaba, mientras que si agradecían al hijo de Antu. No era de extrañar, Trentrenvilu era un ser bondadoso, que protegía a los hombres y a la vida en general.

La ira de Caicaivilu aumentó con el tiempo, junto a sus celos y en un deseo de castigar a los hombres, agitó su inmensa cola sobre las aguas formando olas gigantes con el propósito de incorporar la tierra de los hombres dentro de sus dominios.

Trentren vio esto y empezó a elevar el nivel de la tierra, formando cerros en donde los hombres pudieran refugiarse para no perecer ahogados. Transformó a quienes se estaban a punto de ahogar en aves y a los que caían a las aguas en peces y animales marinos.

No bastó, Cacaivilu, elevó aún más el nivel del mar de tal forma que los valles quedaron sumergidos y los cerros se transformaron en islas (archipiélago de Chiloé). Así que Trentren ordenó a los cerros elevarse más aún formando una columna de montañas (Cordillera de los Andes) para que pudieran protegerse.

Las serpientes empezaron a luchar entre ellas hasta que quedaron agotadas, ganando Trentren al conseguir que la tierra no desapareciera bajo las aguas, pero sin lograr que se retiraran del todo, formando así la actual geografía de Chile.


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17 marzo 2007

Lamparitas del bosque


En una profunda caverna, cerca del cráter de un volcán, vivía el Gran Brujo, atormentado por sus maldades.
Era como el jefe de los brujos menores y de los brujitos. Pasaba inventando diabluras más o menos graves.
La gente de los valles le teína miedo porque creían que era el causante de todas sus enfermedades y de la muerte de sus rebaños de llamas y guanacos y de sus aves de corral.

Muchas veces sucedían desgracias de las que el Brujo era inocente; pero de todas maneras él y sólo él sembraba la mala suerte en los campos.
Para tenerlo contento, le dejaban afuera de sus rucas cántaros llenos de "mudái", especie de chicha que al Gran Brujo le encantaba.

Cuando la noche estaba más oscura, solía bajar de la cumbre montado en una ventolera. Al pasar por lo más espeso del bosque encendía miles de lamparitas rojas con el fuego que traía del volcán, y así no perder el camino de vuelta.
-Vendré muy borracho -murmuraba para sí- y las luces me guiarán hasta mi caverna.
El Brujo no se medía para tomar. Vaciaba jarro tras jarro de chicha hasta que no se daba cuenta ni por dónde andaba. Era la única manera de olvidar todas las maldades que hacía y la rabia que se le retorcía como culebra en el corazón. Esta rabia no tenía explicación; tal vez fuera la semilla de su propia brujería.
El mudái lo hacía volar dulcemente en torno a las rucas y cantaba unas canciones muy tontas y desafinadas:
"Soy un gorgorito que se lleva el viento y tengo cosquillas de puro contento."
Hasta los niños, envueltos en sus mantas, despertaban y se reían del Brujo. Sabían que estando borracho no hacía daño a nadie. Y las risas infantiles caían como agua pura en el alma negra del Brujo; sentía una alegría rara al escucharlas, una especie de felicidad que le recordaba bosques vírgenes, frutos maravillosos, el nacimiento de las vertientes, que conoció cuando él era un recién nacido y no había hecho ninguna maldad todavía.
Entonces se preguntaba
-¿Por qué tuve que ser malo? Ay, mi madre fue una serpiente y mi padre un diablo, ¿qué otra cosa podía ser yo sino un malvado brujo?
Y luego añadía con sonrisa lagrimosa:
-Pero nací bueno... Lo recuerdo.
Y como los borrachos pasan de la risa al llanto sin motivo, el Brujo se ponía a llorar sin consuelo y regresaba con lentos bamboleos a su casa.
Y en el camino de vuelta, olvidábase de apagar las lamparitas que dejara colgando de los ramajes igual que campanillas. Así, durante casi todo el año, la selva lucía hermosas luminarias, hasta que llegaba el invierno con sus lluvias interminables. Una a una las luces se iban apagando y el Brujo, al no tener guía, se ponía a dormir todas sus borracheras en el corazón caliente del volcán.

Los hombres y los animales descansaban de males y terrores.
De este modo pasaron muchos soles y lluvias y el Brujo, con su mala voluntad, se puso más y más perverso. También se puso más tonto; y un tonto malo y poderoso es el peor azote que pueden tener los hombres y los seres de la naturaleza.
Y sucedió que un año llovió más de la cuenta y el verano se atrasó. El Brujo tuvo que esperar para encender sus lámparas y como le hacía falta su bebida favorita, se puso de un genio espantoso. Aullaba en la cima de la montaña, arrojando piedras y cenizas. Su amigo, el gigante Cheruve, hacia otro tanto, lanzando lava y agua hirviendo a los valles, y robando niñas pequeñas para comérselas.
Cuando por fin llegó el buen tiempo, hubo más lamparitas que otras veces en el bosque.
Y el Brujo, al no encontrar toda la bebida que necesitaba para apagar su tremenda sed, se vengó de los campesinos enterrando sus dedos negros en las siembras de papas.
-¡Qué peste más terrible!- se quejaban las mujeres al recoger las cosechas y encontrar las papas podridas-. ¿Qué comeremos este año?
Y pensaban en sus niños que pasarían hambre.
Se reunieron los jefes y dueños de las tierras para decidir qué hacer con el malvado Brujo.
El más joven dijo:
-Dejémosle el mudái junto a los matorrales; nosotros estaremos escondidos ahí y cuando esté borracho, le damos la paliza. A ver si así no regresa.
Algunos dijeron que sí y otros que era muy peligroso apalear al Brujo, porque podía convertirlos en ranas o en peces.
-¡Y hasta en piedras! - gritó otro más miedoso.
El de mediana edad aconsejó:
-Le pondremos algo amargo como el natre en la chicha, una yerba que le dé dolor de estómago y le quite para siempre las ganas de tomarla.
Pero también hubo razones en contra: al no hallar la bebida de su gusto, podría vengarse de manera terrible, robando los animales o matándolos.
Entonces habló el más anciano:
-Creo que tendremos que juntarnos todas las criaturas de la Tierra para ganarle al gran Brujo del demonio. Quiero decir que tenemos que reunirnos con nuestros animales protectores del aire, de la tierra y del agua. Y también será necesario invocar a los buenos espíritus de las selvas. Entre todos, tal vez podamos echarlo para siempre de nuestros valles.
Esta vez los jefes, los campesinos y los jóvenes estuvieron de acuerdo.
-La violencia nunca es una solución -concluyó el anciano-, un golpe acarrea tarde o temprano otro golpe; pero actuar unidos y con astucia traerá un buen final.
Cada familia se preocupó de hablar con su animal protector. Y unos acudieron a las colinas para conversar con el Guanaco y otros a las selvas para hablar con el Puma. Los de la orilla del mar conferenciaron con los Delfines y los de la montaña, con el Aguila Blanca.
Los que habitaban cerca de las selvas se internaron para comunicarse con los espíritus de los árboles, cuyos pensamientos son profundos como raíces y amplios como sombras.
El espíritu del Canelo aconsejó lo más sabio:
-El Brujo de la montaña necesita sus lámparas para no perderse en la espesura de la selva; si se las quitamos, no podrá atravesar los bosques y no sabrá encontrar los senderos hacia los valles. Sólo así nos dejará en paz.
Los hombres y los animales consideraron que el Canelo había dado la solución mejor y más sencilla. Y además, no encerraba ninguna violencia.
En seguida se pusieron a planear lo que cada uno tendría que hacer para arrebatar al Brujo sus lamparitas.
Los campesinos juntarían cientos de jarros de chicha para emborracharlo por largo tiempo. Después de mucho beber, el Brujo regresaría a través del bosque tan mareado y cegatón, que sería muy fácil confundirlo y cada hombre, cada niño y animal escondería una de las brillantes luces, dejando al malvado a oscuras para siempre.
Ese mismo día las mujeres y las niñas se pusieron a fabricar grandes cantidades de la bebida favorita del Brujo. Jarros y jarros de greda se pusieron a fermentar y el olor del mudái llenaba el aire y se lo llevaba el viento hasta la montaña. Porque el viento también quiso participar en la guerra contra el que hacía tanto daño.
En torno a cada ruca se alinearon los cántaros llenos hasta los bordes. Allá, en su gruta, el Brujo, aún dormido, empezó a oler el agrio perfume con que el viento le hacía cosquillas, envolviéndolo de la cabeza a los pies.
No tardó en despertar, sediento:
-¡Qué olores suben del valle! ¡Aaaah! Esos infelices aprendieron bien la lección que les di, al pudrirles sus cosechas de papas. Llevaré un buen fuego para mis lámparas, porque esta vez sí que la borrachera será grande.
Pidió a su amigo, el Cheruve, que le prestara una de sus teas y a cambio él le traería una indiecita para la comida. ¿Qué más quería el gigante?
Bajó entonces el Brujo agitando su fuego como bandera, de modo que los que estaban esperándolo se pusieron alerta.
Encendió lámparas iluminando cada sendero del bosque para tener seguras las huellas a su regreso. Y luego se dirigió hacia los cientos de cántaros que rodeaban las rucas.
-Nunca he probado un mudái tan delicioso como éste exclamó el Brujo, tragando sin parar-. La próxima vez apestaré todos los manzanos, porque veo que da buen resultado el maltrato.
Ni por un instante se le pasó por la cabeza que tanto jarro lleno pudiera ser trampa.
Poco antes del amanecer, cuando la noche es más oscura y tranquila, porque todos los seres, aun los nocturnos, reposan, el Brujo inició su regreso, olvidando por cierto la indiecita prometida al Cheruve. A medida que se internaba en el bosque, iban desapareciendo una a una las lamparitas que dejara encendidas.

-Vaya, ¿qué pasa con mis luces? -gritó con una voz que parecía salirle de las orejas, tan mareado se sentía.
Unas ligeras risas y murmullos sonaron aquí y allá.
-¿Quién se ríe? ¡Ya verán! -aulló furioso, dándose encontrones con las ramas.
Los guanacos escondieron las luces detrás de sus cabezas, los venados, entre sus astas, los pumas, con sus anchas patas, las águilas, con sus alas, los hombres, bajo sus mantas. Y los niños huían por todas partes, como luciérnagas risueñas, llevando entre sus manos una radiante lamparita.
Hasta las truchas de los riachuelos jugaron a beberse los reflejos, iluminándose en el agua como fuegos fatuos.
El Brujo suplicó que le devolvieran sus luces, dándose cuenta de que si conseguían arrebatárselas, estaba perdido. Pero los espíritus protectores se negaron, porque no se puede creer en las promesas de un borracho.
Solamente logró que los pensamientos de los árboles guiaran hasta su gruta, donde a pesar de su derrota y de la rabia que le hervía en la cabeza, cayó al suelo echando humos alcohólicos por boca y orejas.
Nunca más pudo bajar a los valles a hacer daño a los hombres y a las criaturas humildes. Nunca más el Cheruve le prestó una tea de fuego por no haberle llevado una indiecita. Pero aquellas luces que entre todos le quitaron, vuelven a iluminar cada año los senderos y son las flores del copihue que cuelgan de los ramajes de la selva como campanitas.


(Leyenda Mapuche)


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03 febrero 2006

Llacolén (leyenda chilena)


En un valle de lo que es ahora Concepción vivía un arrogante toqui (jefe de la tribu) llamado Galvarino. Este toqui tenía una hija, bella entre las bellas y tan arrogante como su padre. El nombre de Llacolén corría de boca en boca entre los belicosos mapuches. El toqui comprendió que ya era hora de casarla. Galvarino inició las conversaciones del caso con el padre de Millantú, joven guerrero, quien la amaba desde hace largo tiempo.

Pero Llacolén había heredado la soberbia de su padre. No le hacía feliz seguir las leyes impuestas por su raza. Para acallas el fuego de su ira, solía ir a bañarse diariamente a cierta laguna escondida en la espesura del bosque.

Por aquellos días la lucha entre mapuches y españoles eran sangrientas. Estos últimos, provistos de caballos y mosquetes, llevaban la mejor parte. Sucedió que un capitán español, yendo a reunirse con su tropa, vio a Llacolén junto a la laguna, y su belleza lo deslumbró. La india lo contempló a su vez y lo encontró mas gallardo, hermoso y arrogante que su prometido Millantú.

Fascinados, se enamoraron, y en los escasos intervaleos de tregua, mientras los mapuches reponían de sus derrotas, siguieron viéndose junto a la laguna.

Rota de pronto la tregua, hubieron de separarse. En un feroz encuentro, los mapuches fueron nuevamente derrotados y Galvarino cayó prisionero. Para escarmiento de los indios, el gobernador ordenó que le cortaran las manos, dejándolo luego en libertad. Reunido con los suyos, preparó un nuevo ataque al mando de Caupolicán. Fueron nuevamente vencidos y ambos toquis fueron cruelmente ejecutados.

Llacolén veía llorar de ira a las mujeres, pero ella no lloraba, porque su amor por el capitan español era más poderoso que el odio hacia los invasores. En su anhelo por verlo corrió sigilosa a la laguna. Allí, en el silencio de la noche, escuchó el galopar de un caballo ¡Era su amado que volvía para llevarla con él! Pero Millantú, buscándola desesperadamente, se internó en el bosque. Al verla en los brazos del enemigo, corrió hacia el dando gritos de furia. Se trabaron en violenta lid. Lanza y espada chocaron una y otra vez, hasta caer ambos sin vida sobre la hierba.

-¡Traidora!- alcanzó a gritar Millantú antes de morir.

Fuera de sí, Llacolén se arrojó a la laguna que hoy lleva su nombre, mientras la luna reflejaba su inmutable cara en las aguas mansas.

Fuente: Leyendas de siempre, editorial bibliográfica internacional


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19 diciembre 2005

El regalo de Nguenechén


Desde que Nguenechén los puso en el mundo, los mapuches veneraron el Pehuén, la araucaria patagonica, el árbol extraordinario que se yergue solamente en las laderas y los valles del Neuquen. Debajo de su sombra generosa, junto al grueso tronco, se reunían los grupos a rezar, brindaban sus ofrendas de carne, sangre y humo, y colgaban de sus fuertes ramas regalos de agradecimiento.El invierno, muy crudo, estaba durando demasiado, y la tribu se había quedado sin recursos: los ríos estaban helados, los pájaros habían emigrado y los arboles esperaban la primavera. La tierra se encogía debajo de la nieve. Muchos resistían el hambre, pero los chicos y los viejos se morían. El gran Chau no escuchaba las plegarias, también Él parecía dormido...Entonces se tomo una medida desesperada: el toki decidió que los jóvenes se dispersaran, que se fueran lejos hasta encontrara alimentos, que cada cual buscara, por donde le pareciere, bulbos, bayas, hiervas, cualquier grano o raíz, y los trajeran al campamento.Hubo un muchacho que, muy alejado de su ruca, recorría una región de montañas arenosas y áridas, barridas sin tregua por el viento. Volvía hambriento y aterido, con las manos vacías y la vergüenza de no haber encontrado nada para llevar a casa cuando, después de una loma, un viejo desconocido se le puso a la par.Caminaron juntos un buen rato, y el muchacho le hablo de su tribu, de sus hermanitos, de los enfermos, de los que tal vez ya no volvería a ver cuando llegara.El viejo lo miro con extrañeza y le pregunto:- No son suficientemente buenos para ustedes los piñones? Cuando caen del Pehuen ya están maduros, y con solo una cápsula se alimenta una familia entera.El muchacho le contesto que siempre habían creído que Nguenechén prohibía comerlos, que resultaban venenosos y que, además, aprecian tan duros...Entonces el viejo le explico que a los piñones había que hervirlos en mucho agua o tostarlos al fuego, y que en invierno había que enterrarlos para preservarlos de la helada. Y apenas le hubo dado estas indicaciones, se alejo.El muchacho siguió su camino pensando en lo que había escuchado: Era posibles que la comida hubiese estado siempre al alcance de la mano? Acaso no sabían todos, desde siempre, que no se puede comer el árbol sagrado?Apenas llego al bosque busco bajo los arboles, entre la helada, allí donde en verano crecen las pequeñas violetas amarillas, todos los frutos que encontró, y los guardo en su manto. Corriendo como podia, los llevo ante el Toki y le contó las instrucciones del viejo.El jefe escucho atentamente, se quedo un rato en silencio y finalmente dijo:- Ese viejo no puede ser otro que Nguenechén, nuestro gran Chau, que bajo otra vez para salvarnos. Vamos, no desdeñemos este regalo que nos hace.La tribu entera participo de los preparativos de la comida. Muchos salieron a buscar mas piñones, se acarreo el agua y se encendió el fuego. Después tostaron, hirvieron y comieron las semillas dulces el fruto dorado. Fue una fiesta inolvidable.Se dice que, desde ese día, los mapuches nunca mas pasaron hambre. Inventaron las tortillas de harina de piñón y la chicha que llamaron Chawü. E inauguraron una tradición: el gran viaje de recolección de principios del otoño, cuando grandes grupos se reunían en los bosques de Pehuén a juntar la reserva para el invierno y agradecían a Nguenechén haberlos salvado de la hambruna.Y todos los días, a la hora de rezar, cuando un mapuche se para frente al sol naciente y extiende hacia el su mano limpia y abierta, lleva en ella una ramita de Pehuen y dice:
A ti que no nos dejaste morir de hambre,

A ti que nos diste la alegría de compartir,
A ti te rogamos que no dejes morir nunca al Pehuen,
El árbol de las ramas como brazos tendidos.
(leyenda Mapuche)


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08 noviembre 2005

El Copihue


Hace muchos años, en los bosque del sur vivía una hermosa niña llamada Rayén. Ella amaba a Maitú, el guerrero más valiente de su tribu. Habían sido prometidos en matrimonio por sus padres cuando eran niños. Un día de primavera, Maitú partió con los hombres del pueblo, a luchar en una batalla a orillas del río Toltén.
Rayén estaba muy triste. Como era habitual, cada vez que Maitú se ausentaba, Rayén subía al Pino más alto del bosque. Desde allí, podía observar el polvo que levantaban los guerreros en el combate, y cuando regresaban, salía a su encuentro. Pero esa mañana no vio nada y su marido no volvió.
Rayén llora de pena en el bosque derramando muchas lágrimas que se convirtieron en flores de sangre. Colgando de los árboles altos y pequeños, se tiraron a los pies de la niña, diciéndole que con su pena les dio la vida y ellas le darían alegría. Es así, que la hermosa Rayén se tendió y una alfombra roja salió volando por los cielos. Era la india que iba al encuentro de Maitú.
Desde entonces florecen los copihues, recordando el dolor de la mapuche y el valor del guerrero que lucha hasta morir.
(leyenda Chilena)


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El Tue Tue


El tue tue es un pájaro nocturno que en su canto dice tue tue. Su vuelo es rápido tan pronto lo escuchas aquí como allá. Según los mapuches a quien le canta el tue tue está irremediablemente condenado a morir. El tue tue es un brujo mapuche que en las noches sale a volar.

Una joven al sentirlo pasar lo invitó a tomar once al día siguiente y grande fue su sorpresa cuando al otro día llegó una mujer y le dijo que venía por la invitación.
Ella la invitó a pasar, le ofreció asiento y disimuladamente puso debajo del cojín una tijera abierta. Esto era para descubrir si era bruja o no.
Luego de servir la mesa, la invitó a pasar a servirse algo, pero, la anciana no pudo levantarse pues había quedado pegada. Con esto la asustada joven comprobó que era el tue tue que estaba de visita en su casa.
Si lo escuchas pasar no te burles de él, pues, una desgracia te podría suceder.


(leyenda Chilena)


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