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10 enero 2008

La leyenda de Amarca


En viejos romances canarios corría de boca en boca la triste historia de Amarca, la celebrada doncella indígena. Tan gallarda era su figura, tan peregrina su belleza, que llegó a ser envidiada por todas las doncellas.
Tenía su morada en las bellas alturas de Icod. Su rústico albergue parecía como un nidal colgado en las crestas de la montaña, para sustraerse a las miradas y a la ambiciones esas aves rapaces, embaucadoras, que se llevan a las muchachas guapas.
Hasta el rústico hogar de la doncella llegó un día Belicar, el último Mencey , Rey y señor de estos dominios de Icod y quedóse atónito y deslumbrado ante la extraordinaria belleza de la joven.

Desde aquel día memorable acrecentóse su fama y corrió como fausta noticia por todo el Menceyato. Una condición tenía la moza que contrastaba con lo humilde de su linaje: su natural altivo y desdeñoso. Amarca veíase continuamente asediada de amores por muchísimos hombres y otras tantas sembró el dolor y la decepción en sus amantes.

- ¿A quién amará Amarca?, preguntábanse intrigados los zagales. ¿Para quién será el corazón de aquella belleza hija del Teide?. Guarecida a las faldas del coloso siempre entre las nieves.

La sorprendente nueva no se hizo esperar mucho tiempo. Uno de los más aguerridos vasallos del Reino, Garigaiga, el pastor, había enloquecido por Amarca. Amarca esquivaba su cariño; repudiaba su pasión local, desenfrenada. Repelía al hijo del Volcán, el de la tez hirauta y morena y los brazos recios como robles.
Enloquecido por el dolor de verse desdeñado, una tarde mientras los horizontes teñíanse de sangre y el sol moribundo plateaba las aguas del Océano como una riera de luna en una noche de misterio, vióse que Garigaiga, en el borde de un alto precipicio, agitaba sus brazos como banderas en la premura.
Vióse arquear el cuerpo hacia delante, hundir la cabeza sobre el pecho y partir veloz hacia el abismo.

La noticia del trágico suceso no tardó en extenderse por todas partes. Las mujeres, culpaban su egoísmo, y a sus desdenes atribuían la muerte del pastor.
De pronto Amarca desapareció, nadie sabía cual había sido el destino de la doncella. Sólo un anciano que una mañana la había visto descender de las cumbres y caminar como una sonámbula hasta las orillas del mar, hallábase en posesión del secreto. Qué no la buscasen, más parecía decir sus labios fríos y trémulos plegados para siempre y el anciano aquél lo contó todo.

Una semana al brillar los primeros destellos del sol, vio que Amarca se arrojaba al abismo, y después de luchar con el bravo oleaje, llevábasela mar adentro una ola alegre y corretona como un niño.
Era la época del "Beñesmen", de la sazón y de la riqueza de las mieses, eran los días de placidez y de luz, y todo sumióse en sombras y lágrimas... Amarca había aparecido muerta sobre las arenas de la playa, la habían matado un remordimiento muy hondo. El Mencey Belicar mandó que se cantasen tristes endechas; que se encendiesen luminarias en los cerros, y que los más fornidos mozos, como real costumbre en los días aciagos, azotasen con sus varas las aguas del mar. Mandó también que se ungiese su cuerpo con los más olorosos perfumes, que no en vano era la flor más preciada de la comarca.
Al cabo de los años cuando algún nocturno caminante cruzaba las cumbres del Teide, un lamento extraño escalofriante, deteníale acongojado. Era una voz débil, apagada, dolorida, que se aparecía surgir del fondo del barranco. Era aquel mismo clamor de súplica, de pena, de trágica agonía que tantas veces balbucearan los labios febriles de Garigaiga, el loco: "Amarca... hermosa Amarca".


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24 mayo 2006

Leyenda del Monte Perdido


Dicen que hubo un tiempo en el cual allí, en ese paraje, no había ninguna montaña. Eran amplios prados en los cuales los pastores llevaban a pastar a sus ovejas...
Cuenta la leyenda que uno de estos pastores estaba tranquilamente sentado jugando con su navaja a tallar en una rama de boj. En eso un hombre se le acercó. Se tratabade un mendigo, pobremente vestido, descalzo y con rostro demacrado tras tantos días de ayuno. Este le habló al pastor diciendo: - Llevo mucho tiempo sin probar bocado. Dame algo de comer, Dios se lo pagará.- El pastor, duro de corazón, no le hizo ni el menor caso. El mendigo siguió insistiendo, pero el pastor le respondió de malas maneras reprochándole que él también pasaba hambre y frío. Finalmente el pastor se volvió a concentrar en la talla del boj. Mientras, el mendigo seguía insistiendo en vano...
Cuenta la leyenda que instantes después de negarle auxilio al mendigo, el valle quedó impregnado de niebla. El pastor, amedrentado, se desentendió del mendigo con el fin de recoger el ganado disperso por el prado. Pero, con aquellas nieblas, se hacía completamente imposible. Todos estaban irremediablemente perdidos. Los nubarrones tornaron en una intensa lluvia, como jamás se había producido en los pirineos. Perro, pastor y ganado se perdieron definitivamente y nunca más se supo de ellos.
Los montañeses afirman que justo en donde se perdieron apareció una nueva montaña formada de piedra y hielo. Sin duda la más formidable, impresionante y peligrosa del Pirineo. Fue el castigo a aquel pastor que había negado a San Antonio un currusco de pan. Puesto que él dijo, cuando el pastor le negó caridad, «Te perderás por avaricioso, y allí donde te pierdas, saldrá un gran monte, inmenso, tan grande como tu falta de caridad».
Es por ello que Monte Perdido esta compuesto sólo de rocas y hielo, como el corazón del pastor...


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15 mayo 2006

El pozo amargo


En la noble mansión de doña Leonor el silencio es absoluto.
Terminado el rosario, que pasa la propia dueña después de yantar de la noche, los criados, una vez apagadas las luces y escudriñados rincones, retíranse a su aposento a descansar. Todo es silencio en la noche estrellada y lunar. De improviso, una sombra surge del portal, que con mucho sigilo y cuidando que los goznes no chirríen, cierra las claveteadas puertas, y calado el chambergo, embozado en su amplia capa carmesí y con la mano en la empuñadura de la espada, se aleja procurando que el ruido de las espuelas no le delate.
Es el joven don Fernando, que, presuroso, se dirige por la actual calle del Nuncio Viejo, sorteando encrucijadas peligrosas, a ver a Raquel, la bella hebrea, señora de suspensamientos.
Sonoras e imponentes caen sobre Toledo las diez campanadas de la noche. Don Fernando encamina sus pasos calle abajo, hasta detenerse junto a las tapias de un frondoso jardín que circunda el palacio del potentado israelita Leví. La noche, con su silencio perfumado de mirtos y claveles, envuelve acogedora las fragancias líricas de la juventud. Con cuchillos de plata, la luna hiere en un ventanal sus góticos ajimeces, mientras riela temblorosa, al murmullo del surtidor, en el estanque del jardín. Como a una cita prevista, en la ventana aparece Raquel, la hija única del potentado judío. Don Fernando, al verla, hace una cortés reverencia, y con agilidad increíble, asiéndose a las yedras y a los salientes, escala la tapia y va a reunirse con la amada en el fondo del jardín. La luna, con su cara enyesada, sonríe funambulescamente al ocultarse entre los jirones de tul de las nubes, pero no sin antes arrancar destellos de una daga que describe una curva de muerte que va por la espalda al corazón de don Fernando.
Un gemido ahogado y un cuerpo que se desploma sin vida sobre la arena del jardín, mientras que la sombra homicida se pierde en las frondas. Acude Raquel, y un grito siniestro se escapa de su pecho al ver sangrando en tierra al caballero. La luna se ha ocultado ahora entre nubes cárdenas y estalla el trueno, al tiempo que resuena una carcajada del viejo vengativo.
Todas las noches Raquel acude como a cita imaginaria al brocal del pozo del jardín. Su blanca silueta destaca sobre el fondo verdinegro de los vergeles, mientras sus pálidas manos enlazadas descansan sobre el regazo. Vierte sus lágrimas doloridas en el fondo del pozo, cuyas aguas un día se hacen amargas...
Y cierta noche, en el sortilegio del plenilunio, la infeliz Raquel, en su extravío, creyendo ver en las aguas de la cisterna la imagen del amado, es atraída por ella a lo hondo.

Viajero: Esta es la leyenda que dio nombre a la calle del Pozo Amargo, en cuya plaza solitaria verás una losa que cubre aquella poterna de aguas no salobres, sino amargas de las lágrimas que en ella derramó la bella israelita.

Fuente: Mitología y Leyendas
(Leyenda de Toledo, España)


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26 noviembre 2005

El buey del lago

En una laguna que hay en Reiris, la de Carregal, se pueden oir los bramidos que da un buey que parece estar sumergido en las aguas.
En tiempos muy remotos había por allí un palacio real y a su alrededor las casas de los siervos.
El rey tenía una hija querida por todos.
Un invierno llegó al lugar un Mouro anciano aterido por el frío.
La hija del rey se apiadó de él y le dejó entrar a palacio a comer y calentarse.
El moro se enamoró de la rapaza y la pidió en matrimonio pero el rey se negó por ser mago e infiel además de viejo y la princesa no quiso saber nada del asunto.
El moro se enfadó y se marchó amenazante...
En el mismo momento empezó a temblar la tierra y todo el mundo quedó aterrado.


Las casas se derrumbaban y las fuentes se desbordaban anegando el terreno.
El rey, su hija y sus súbditos cuando huían, vieron al mouro que desde lo alto de un peñasco contemplaba la ruina que había provocado mientras se reía cruelmente.
El rey arremetió lanza en ristre contra él.
Al verlo, intentó huir pero como no era joven, no podía correr y entonces se transformó en un enorme toro.
Aún así el rey le iba dando caza y obligando a que se internara en el pueblo medio anegado.
Mientras, la princesa arrojaba sus joyas al agua mientras suplicaba a las buenas hadas:
"¡Ayuda os pido!
¡Que ese moro traidor y malvado no salga jamás de las ruinas y las aguas que causó con su maldad y que pene para siempre en el fondo del lago!".
El moro intentaba escapar pero no podía salir de las aguas y cada vez se hundía más hasta que desapareció entre ellas.
Los habitantes del lugar se asentaron en los alrededores y aún dicen que de las aguas del lago se oye el bramido del toro en algunas ocasiones. (Leyenda Gallega)


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05 noviembre 2005

Lamias constructoras

En Liginaga el puente que habían construido sobre el río era tan inconsistente, que en repetidas ocasiones lo arrebató el agua. Coincidió que por aquellas fechas se le apareció una lamia (hada) a un hombre del pueblo y le propuso construir un nuevo puente, bello y resistente, en una sola noche, antes de que cantase el gallo. Llegó la noche y las lamias iniciaron su tarea. Mientras se pasaban las piedras, traídas del monte Lexarrautzu, unas a otras, se decían con fuertes gritos: - ¡Ahí va, Guillén...! - ¡Dámela Guillén...! - ¡Tómala, Guillén...! - ¡Aquí ya somos once mil, Guillén...! A punto ya de amanecer, al puente tan sólo le faltaba la última piedra. Pero justamente el gallo cantó porque un panadero lo despertó al encender su horno. Al instante las lamias huirían en desbandada. El puente estaba terminado, a falta tan sólo de esa última piedra. Y aunque algunas veces han intentado colocarla los vecinos de Ligi, la piedra no se ha mantenido en su sitio.

(Leyenda vasca)


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