
Cintolo gobernaba en tiempos por aquellos lares en una ciudad que se llamaba Bría. Tenía grandes riquezas y una hija muy hermosa que se llamaba Manfada querida por nobles y plebeyos por sus bondades.
Muchos príncipes y grandes señores acudían a rendir visita al rey por ver si podían casarse con su hija pero Cintolo no tenía prisa por casarla, ni la princesa por casarse. Sus pretendientes eran hombres rudos que habían ganado su fama y posesiones por la guerra, sublevación o asesinato lo cual no aumentaba su valía a los ojos del rey.
Una mañana llegó a Bría un joven conde acompañado de unos pocos escuderos. Entre éstos había jóvenes y viejos para los cuales tenía una palabra amable y todos hablaban bien de este conde. Se hizo simpático a los ojos de la princesa y de su padre. Pero al poco llegó otro cortejo con gran acompañamiento de hombres de armas que acampó en la plaza como si fuera tierra conquistada. El jefe, hombre cruel y ya mayor envió un mensaje perentorio a Cintolo exigiendo la mano de su hija para el rey Tuba de Oretón añadiendo que si no era atendido asaltaría el castillo. El joven conde se ofreció al rey para luchar contra este energúmeno por el amor de la princesa y confiado en que las boas fadas le ayudasen en su esfuerzo.
Pero Tuba era un vedoreiro, un brujo; sabía que no era rival en buena lid del joven conde y reunió a sus consejeros, también brujos, para lanzar un encanto para vengarse de Cintolo. Hubo un horrísono trueno, un gran estruendo y la ciudad se derrumbó sobre las buenas gentes de Bría. Todos perecieron. El conde, que estaba velando las armas, saltó sobre su caballo y atacó al rey brujo al que atravesó con su espada. Al volver al castillo vio que en su lugar había una gran caverna. Entró en ella y sólo encontró grandes piedras y fantásticas columnas pero Brías había desaparecido.
Desde entonces, en la cueva hay un encanto, una princesa rubia que puede ser vista al amanecer por el mortal de corazón limpio que pase por allí. Si puede desencantarla quedará dueño de sus riquezas, pero si falla, será devorado por un monstruo que vive en la cueva.
26 octubre 2008
La Cueva del rey Cintolo
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26 noviembre 2005
El buey del lago
En una laguna que hay en Reiris, la de Carregal, se pueden oir los bramidos que da un buey que parece estar sumergido en las aguas.
En tiempos muy remotos había por allí un palacio real y a su alrededor las casas de los siervos.
El rey tenía una hija querida por todos.
Un invierno llegó al lugar un Mouro anciano aterido por el frío.
La hija del rey se apiadó de él y le dejó entrar a palacio a comer y calentarse.
El moro se enamoró de la rapaza y la pidió en matrimonio pero el rey se negó por ser mago e infiel además de viejo y la princesa no quiso saber nada del asunto.
El moro se enfadó y se marchó amenazante...
En el mismo momento empezó a temblar la tierra y todo el mundo quedó aterrado.
Las casas se derrumbaban y las fuentes se desbordaban anegando el terreno.
El rey, su hija y sus súbditos cuando huían, vieron al mouro que desde lo alto de un peñasco contemplaba la ruina que había provocado mientras se reía cruelmente.
El rey arremetió lanza en ristre contra él.
Al verlo, intentó huir pero como no era joven, no podía correr y entonces se transformó en un enorme toro.
Aún así el rey le iba dando caza y obligando a que se internara en el pueblo medio anegado.
Mientras, la princesa arrojaba sus joyas al agua mientras suplicaba a las buenas hadas:
"¡Ayuda os pido!
¡Que ese moro traidor y malvado no salga jamás de las ruinas y las aguas que causó con su maldad y que pene para siempre en el fondo del lago!".
El moro intentaba escapar pero no podía salir de las aguas y cada vez se hundía más hasta que desapareció entre ellas.
Los habitantes del lugar se asentaron en los alrededores y aún dicen que de las aguas del lago se oye el bramido del toro en algunas ocasiones. (Leyenda Gallega)
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