
Cuenta la leyenda, que en una aldea asturiana, un Trasgu la tomó con una casa. No tenía más diversión que dedicarse a romper la vajilla y otros objetos de cristal y cerámica. También se dedicaba a esconder los zapatos y la ropa de los que en esa casa vivían, cambiando las cosas de su lugar. Otra de sus manías, era tirar de las narices a los niños mientras dormían...
Así un día tras otro….Unos días les dejaba tranquilos, pero cuando menos lo esperaban, El Trasgu empezaba con sus molestas travesuras. La familia, hizo todo lo posible para deshacerse de el…… Recordaban de sus abuelos que había maneras para engañarle y conseguir que se marchara. Después de intentarlo varias veces y de distintas maneras, se dieron cuenta que no conseguían engañarlo, solo conseguían enfadarlo aun mas y que cada vez se comportara de peor manera.
Cansados ya del dichoso Trasgu, acordaron mudarse a otra aldea para alejarse lo más posible de tan molesto personaje. Colocaron en un carro todos sus enseres con el mayor sigilo posible, para evitar que el Trasgu lo advirtiera. Cuando desfilaban con sus cosas, preguntó el de delante a los de atrás: -¿Quedará algo? Y les respondió una tenue vocecilla: -¡Queda el candil, pero tranquilos “esi cárgolu yo”...! Era el Trasgu, que marchaba detrás de ellos... Viendo que no podían con el, decidieron no mudarse de casa y aceptar que el pequeño Trasgu fuera uno mas de la familia….
Cuenta la leyenda, que tardaron mucho en enseñarle modales….en conseguir que les ayudara en las tareas domesticas y dejara de hacer travesuras, al menos, las mas molestas…..Cuentan que después de un tiempo, le cogieron mucho cariño y que los niños se divertían mucho con el, aunque no pudieron evitar que el Trasgu les enseñara alguna que otra travesura y algún truco de magia.
08 diciembre 2008
El trasgu
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14 agosto 2007
Leyenda del Cuelebre

Cuenta la tradición que hace muchas centurias y en la poética ciudad de Cangas de Onís, vivía un rey con una hija joven y bella. Todos los nobles, prendados de su hermosura, disputaban su corazón, pero la princesa a nadie correspondía, decidida a casarse únicamente por amor verdadero. Haciéndosele imposible la espera, un día ordenó el rey que la trajeran a su presencia y con acento severo, advirtióle-
- Tienes ocho días para elegir marido, si es que no quieres exponerte a la suerte de un castigo-
- Breve me lo fiáis-- contestó la joven--; no me casaré hasta tanto no me sienta firmemente enamorada.
Había transcurrido el tiempo prefijado y propúsose el rey dar cumplimiento a su palabra. Invitó a la princesa a un paseo y la condujo hasta un paraje de Abamia, donde se abría una cueva de la que el vulgo contaba cosas extraordinarias: decían unos que de allí salían gemidos y suspiros; referían otros que su interior comunicaba con el mísmo infierno; no faltando quién aseguraba que allí habitaba el misterioso cuélebre... ...Abandonó el rey su montura y con curiosidad fingida acercóse a la puerta de la cueva; otro tanto hizo la princesa, momento en el que el padre aprovechó para, mirándola fijamente, conjurarla con estas palabras: "En esta cueva te meterás, y cuélebre te harás, y el que contigo quiera casar, tres besos en la lengua te tiene que dar..."
Al instante la frágil y bella princesa se convirtió en espantoso cuélebre que se deslizó pesádamente cueva adentro. Cumplido el castigo, pesaroso, retornó el rey a palacio, sin darse cuenta de que en las proximidades de la cueva andaba un pastor, mozo apuesto, que vio el encantamiento y oyó el conjuro. Armado de valor, penetró en la cueva, y prendiendo fuértemente la cabeza del cuélebre, le dio tres besos en la lengua. Al instante se rompió el conjuro y apareció la princesita, radiante, serena y pletórica de hermosura. Asegura la tradición que esta vez sí se enamoró la princesa de su salvador, que se casaron y que fueron reyes felices.
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