
Dicen que por entonces las señales anunciaban un invierno muy duro. Los adultos intensificaban las tareas de cosecha, acopio, recolección, trueque, conservación de pieles y el salado de pescado en la orilla del océano. Aquel día sopló el primer viento frío. Los niños no se alejaron en sus correrías habituales ni en los juegos con sus bolas de piedra. Los mayores seguían en sus actividades rutinarias pero no hablaban entre sí. En la aldea se respiraba un clima de expectativas.
De pronto, todas las miradas empezaron a seguir los pasos de un charrúa muy joven; tan joven que su labio inferior no había sido aún perforado por el tembetá. Este adolescente no era un muchacho más. Hijo del médico yuyero, heredero de una sabiduría ancestral muy profunda, se le había visto renunciar tempranamente a los juegos infantiles y preguntar con respeto por las cosas trascendentes. Su solidaridad con los pequeños era tan inmensa como su conocimiento de animales y plantas. Los benteveos lo escoltaban siempre de manera muy especial y los horneros preferían hacer sus nidos en la proximidad de su vivienda.
Ahora el Consejo de Ancianos lo había llamado. No enfrentaría una prueba sencilla: la comunidad necesitaba conocer sus poderes innatos, necesitaba probarlo. Concentrado en sus pensamientos caminaba hacia la choza donde se reunía el Consejo cuando vio una pareja de teros, esas hermosas aves de nuestros bañados, que lo saludaron con sus gritos inconfundibles. El joven intuyó que esta presencia era una señal, pero aún no lograba entender claramente los mensajes de los viejos espíritus incorporados en los animales. Entró con decisión. Lo esperaban en actitud que indicaba claramente la solemnidad del momento. La anciana portavoz del Consejo le habló con serenidad y firmeza: "Debes ponerte en camino de inmediato para buscar al Tero Azul. Es un tero de tamaño corriente pero de plumaje azul. Partiras hacia los esteros lejanos, sin armas, y no deberás probar bocado hasta agotar los esfuerzos por encontrar a ese misterioso pájaro". La anciana le advirtió además que si pasaban los días sin lograr la visión no se dejase morir; que en ese caso se alimentase y volviera a la aldea. Pero le insistió en que hiciera el máximo esfuerzo posible para mantenerse en ayunas y buscar el Tero Azul. Se le entregó harina de mandioca y charque de pescado en una bolsa hecha con un buche de ñandú. El joven recibió la bolsa y se estremeció: era la que había usado su padre tantas veces para recoger hierbas medicinales, y el hecho de que ahora se la confiaran daba mayor trascendencia aún a la misión encomendada.
El muchacho salió de la aldea, caminó hasta la caída del Sol y finalmente estableció su puesto de observación en las zonas bajas que son el territorio de los teros. Vio el ocaso y el amanecer del día siguiente, y después un nuevo ocaso, bebiendo solamente agua de los manantiales transparentes, pero no vio al Tero Azul. Al tercer día sintió los graznidos característicos de estas aves, corrió hacia sus llamados con el resto de sus fuerzas, pero los emisores eran teros comunes, de plumaje pardo y blanco, con las consabidas y elegantes listas negras en sus alas extendidas. No halló al Tero Azul. Al borde de sus fuerzas decidió finalmente alimentarse porque esa era la orden, no porque deseara hacerlo. Abrió aquella bolsa amada con dolor y resolución. Amarga le supo la comida que llevaba, que sin embargo lo reconfortó.
Volvió a su aldea con una infinita tristeza. Pasó entre los suyos con rostro inescrutable, inexpresivo; lo que había vivido debía ser expuesto en primer lugar a quienes le habían encomendado la misión. Ante el Consejo de los Ancianos contó su dolor: "No pude ver al Tero Azul. No supe verlo. No soy digno de la esperanza que en mí tenían ustedes, mi padre, mi madre y mis hermanos" concluyó. Todos miraron a la anciana y ella lo miró en silencio. "Sí sos digno de nuestra confianza" respondió al fin; "sabíamos que aún no estabas preparado para encontrar el Tero Azul; sólo te pedimos que lo buscaras. Y lo importante es que tu corazón no nos mintió y asumió el fracaso como debe hacerlo nuestra gente: llegaste a nosotros y hablaste la verdad... Ahora no hables a nadie de tu búsqueda, pero cultivá en tus compañeros las virtudes que demostraste. Verás al Tero Azul, cuando llegue el día que debas verlo". A veces el día está gris y frío pero el alma tiene una dulce tibieza.
Cuentan que el muchacho sintió por primera vez, en esas circunstancias, que el aire olía a primavera y a jazmines del país; y esa fragancia era su paisaje y su casa. Vendrían otras épocas, supo entonces, habrá otra gente, pero en este suelo charrúa, aún en los interiores de las casas urbanas, perduraría la fragancia del jazmín del país y la capacidad de seguir persiguiendo teros azules. Volvió a la vivienda con el pequeño tembetá en el labio y el corazón palpitante de alegría.
25 agosto 2007
Tero Azul (leyenda Charrúa)
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18 agosto 2007
Brian y la luz de Luna
Brian había salido a vigilar las cercanías de la fortificación donde vivía con los suyos, porque en los últimos meses habían sufrido algunos ataques de una de las tribus vecinas. Durante las últimas horas, se había alejado del poblado divagando por el bosque. Podríamos decir que todo empezó allí, aunque tal vez todo había comenzado mucho tiempo antes.
En la zona en la que ahora se encontraba, la espesura del bosque era tal que permitía un grupo no demasiado numeroso aparecer y desaparecer en cuestión de segundos y si además la niebla hacía notar su presencia, la situación se tornaba aún más peligrosa.
Pero Brian y su familia estaban allí desde… desde que el padre de su abuelo llegó procedente del norte en busca de buenos pastos y bosques en los que subsistir. Aquel robledal salpicado de hayas se había convertido en lugar sagrado, los druidas se internaban en la espesura del bosque donde tenían sus altares, a los que nadie excepto ellos osaban acercarse.
Aquella noche de fina bruma, Brian, un joven guerrero, estaba dispuesto a vengar las afrentas recibidas por los suyos en los últimos días. Se separó del grupo para buscar un sitio que le permitiera tener mejor visibilidad sobre esa parte del bosque. Luego de haber caminado unos metros, reparó en una gran piedra granítica que se elevaba justo debajo de las copas de algunos árboles, y pensó que ese era el lugar ideal para observar los movimientos en el bosque.
Se dispuso a escalarla para poder comprobar la bondad de aquel punto de vista, dejando todas sus armas en el suelo, a excepción del puñal corto que siempre guardaba en su cintura. La piedra apenas presentaba fisuras a las que agarrarse, su base estaba sembrada de pequeñas rocas puntiagudas que hacían más peligrosa la escalada en caso de caída, pero las dificultades, lejos de limitar a Brian, le infundían valor.
Una vez en la cima, se dio cuenta de que aquella roca extraña y difícil de escalar estaba justo en aquel momento orientada en dirección a la luna. Calculó por la posición de la luna respecto al bosque que debía ser medianoche. Soplaba una suave brisa que no era demasiado fría pues la primavera ya había llegado y se había prendido fuego a las hogueras como ofrenda a los dioses para que el resultado de las cosechas fuera bueno y para que sus almas se purificaran de malos espíritus.
De pronto, nuestro valiente guerrero quedó cegado por una luz cuyo origen ignoraba. Se agachó sobre al apéndice puntiagudo en el que terminaba la roca, y esforzándose por no perder el equilibrio debido a la falta de visión, pasaron algunos segundos y un sudor frío empezó a resbalar por su frente. Su primera idea fue que se encontraba frente a la manifestación de alguna divinidad del bosque que moraba en las cercanías de esa piedra, y él había osado molestar entrando en sus dominios. Había roto la única regla que por generaciones su familia había obedecido y temido.
Comprendió entonces, que ante esa situación su fin estaba cercano, aunque sus ansias juveniles de vivir le obligaron a seguir pensando, él había sido buen seguidor de las enseñanzas de los druidas, siempre había sido respetuoso al extremo en los sacrificios a los dioses, y ahora se preguntaba porque había caído en su desagrado.
Mientras tanto la luz había ido disminuyendo en intensidad sin que el céltico guerrero lo hubiera notado, pues mantenía sus ojos sellados de temor. Escucho un susurro seguido de una brisa de aire que le dio suavemente en la cara como devolviéndole el aliento a su espíritu, se reanimo de tal forma que abrió los ojos. Poco a poco fue teniendo una visión clara de lo que frente a él se encontraba. Desde la misma luna una intensa luz iluminaba un cuerpo de mujer joven, Brian tímidamente la miró. Vestía blanca túnica, su pelo era como el de Brian, del color de los campos sembrados de espigas, del color del sol y su gesto dulce, lo tranquilizó.
Vio también que la mujer que se encontraba frente a él no se apoyaba sobre ningún elemento, y sin embargo estaba a la misma altura que él sobre la cima de la roca. Su temor volvió a aflorar, era el miedo a lo sobrenatural, a lo divino. Pensó que la única alternativa era saltar de esa roca y salir corriendo a encontrar al resto de su grupo antes de que ese espíritu decidiese mostrar su poder. Tensó sus músculos y se dispuso a saltar al suelo, la altura de la roca era como de unas diez veces la longitud del cuerpo de Brian, pero eso no le importaba, solo quería correr y seguir viviendo. Cuando estaba a punto de saltar, la mujer que estaba frente a él callada, sonrío con dulzura, y Brian que seguía teniendo un miedo atroz, se quedó paralizado por unos segundos, perplejo ante la belleza de la imagen que frente a él se encontraba, como si fuese teniendo menos miedo por instantes.
Transcurrieron algunos segundos más, durante los cuales el joven no se atrevió ni a pestañear, pero de pronto la luz fue perdiendo intensidad hasta que desapareció del todo,
El aire volvió a soplar de nuevo y el guerrero se encontró de pronto de nuevo en la conciencia de su situación anterior, los demás del grupo seguro que debían andar buscándole y él no podía saber que tiempo había transcurrido desde que se separó de ellos, para él había sido como una eternidad.
Destrepó los pasos de roca hasta llegar a la base de la piedra, recuperó el resto de sus armas y empezó a correr en la dirección en la que había abandonado el grupo, tras avanzar unos metros se volvió a mirar hacia la roca y la zona del bosque más iluminada que ahora se encontraban detrás de él, la luna seguía clareando esa parte del denso hayedo como si fuese pleno día.
Brian mientras corría al encuentro de sus compañeros, pensó que esa noche se había encontrado frente al espíritu de la mismísima luna en el bosque, y estaba seguro de que él y los suyos esa noche iban a vencer a sus enemigos de la tribu vecina, porque esa noche iban a contar con una ayuda inestimable. Esa noche tenían como aliada a la LUNA
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17 agosto 2007
Rómulo y Remo
Después de la Guerra contra los Troyanos, en las que los griegos lograron hacerse con el control de la capital, Eneas, príncipe Troyano (hijo de Anquises y de la Diosa Afrodita), se lanzó a la mar huyendo de su ciudad en busca de un nuevo territorio donde poder vivir....la fortuna le llevó después de diversas peripecias por la mediterránea hasta la península itálica, Eneas funda Lavinium mientras que su hijo de nombre Ascanio funda la ciudad de Alba Longa, posteriormente y después de sucesivos reinados aparece la figura del Rey Numitor del que se tiene una mayor información y de la que es origen la "fábula de Rómulo y Remo".
Numitor, rey de Alba Longa, es destronado por su hermano Amulio, éste último temiendo que alguien de su familia le usurpara el trono, tal y como él mismo había hecho, ordena que su sobrina Rhea Sylvia (hija de su hermano Numitor) se convierta en Vestal (consagrada a los dioses y virgen) y de esta manera asegurarse que no tendrá descendencia, pero el Dios Marte, engendra en ella a los gemelos Rómulo y Remo.
La madre de éstos temiendo por la vida de sus hijos, pone a los bebés en una cesta y los hace ir a la deriva del río Tíber esperando que alguien pueda salvarlos de una muerte segura. En la orilla fueron rescatados por una loba que los amamantó hasta que unos pastores del lugar los pusieron a salvo, criándolos y cuidándolos hasta que crecieron.
Después del paso de los años, Rómulo y Remo, descubren sus orígenes y deciden acabar con el hombre que les condenó, su tío Amulio. Después de restaurar el orden, asesinando a su tío y dando de nuevo el poder a su abuelo Numitor, se les asigna la propiedad de las tierras que les vieron crecer, en el monte Palatino.
Rómulo escogió una de las 7 colinas, y con un arado trazó un círculo (llamado Pomerium), consultó a los dioses (según tradición etrusca) para saber quién de los dos hermanos debía ser el Regente de esa tierra, bajo el procedimiento de recuento de aves (aves que sobrevolaban en ese momento el cielo), Rómulo llegó a contar 12 mientras que su hermano Remo contó 6, así pues el primer regente sería Rómulo pero su hermano gemelo Remo, se mofó de lo que estaba llevando a cabo saltando de un lado al otro sobre la línea que su hermano había trazado..corría el 753 a.c.
Rómulo viendo que su hermano estaba cometiendo un sacrilegio con la celebración Sagrada le dio muerte, haciéndose único regente de la ciudad que llevaría por nombre Roma.
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14 agosto 2007
Leyenda del Cuelebre

Cuenta la tradición que hace muchas centurias y en la poética ciudad de Cangas de Onís, vivía un rey con una hija joven y bella. Todos los nobles, prendados de su hermosura, disputaban su corazón, pero la princesa a nadie correspondía, decidida a casarse únicamente por amor verdadero. Haciéndosele imposible la espera, un día ordenó el rey que la trajeran a su presencia y con acento severo, advirtióle-
- Tienes ocho días para elegir marido, si es que no quieres exponerte a la suerte de un castigo-
- Breve me lo fiáis-- contestó la joven--; no me casaré hasta tanto no me sienta firmemente enamorada.
Había transcurrido el tiempo prefijado y propúsose el rey dar cumplimiento a su palabra. Invitó a la princesa a un paseo y la condujo hasta un paraje de Abamia, donde se abría una cueva de la que el vulgo contaba cosas extraordinarias: decían unos que de allí salían gemidos y suspiros; referían otros que su interior comunicaba con el mísmo infierno; no faltando quién aseguraba que allí habitaba el misterioso cuélebre... ...Abandonó el rey su montura y con curiosidad fingida acercóse a la puerta de la cueva; otro tanto hizo la princesa, momento en el que el padre aprovechó para, mirándola fijamente, conjurarla con estas palabras: "En esta cueva te meterás, y cuélebre te harás, y el que contigo quiera casar, tres besos en la lengua te tiene que dar..."
Al instante la frágil y bella princesa se convirtió en espantoso cuélebre que se deslizó pesádamente cueva adentro. Cumplido el castigo, pesaroso, retornó el rey a palacio, sin darse cuenta de que en las proximidades de la cueva andaba un pastor, mozo apuesto, que vio el encantamiento y oyó el conjuro. Armado de valor, penetró en la cueva, y prendiendo fuértemente la cabeza del cuélebre, le dio tres besos en la lengua. Al instante se rompió el conjuro y apareció la princesita, radiante, serena y pletórica de hermosura. Asegura la tradición que esta vez sí se enamoró la princesa de su salvador, que se casaron y que fueron reyes felices.
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27 julio 2007
El Chajá
El anciano Aguará era el Cacique de una tribu guaraní. En su juventud, el valor y la fortaleza lo distinguieron entre todos; pero ahora, débil y enfermo, buscaba el consejo y el apoyo de su única hija, Taca, que con decisión acompañaba al padre en sus tareas de jefe.
Taca manejaba el arco con toda maestría, y en las partidas de caza, a ella correspondían las mejores piezas, constituyendo el trofeo de su arrojo ante el peligro. Todos la admiraban por su destreza y la querían por su bondad. Muchas veces había salvado a la tribu en momentos de peligro, reemplazando al padre que, por la edad y por la salud resentida, estaba incapacitado para hacerlo.
Aparte de todas estas condiciones, Taca era muy bella. De color moreno cobrizo su piel, tenía ojos negros y expresivos, y en su boca, de gesto decidido y enérgico, siempre brillaba una sonrisa. Dos largas trenzas negras le caían a los lados del rostro. Un tipoy cubría su cuerpo hasta los tobillos, y con una faja de colores que los guaraníes llamaban chumbé, lo ceñía a la cintura.
Las madres de la tribu acudían a ella cuando sus hijos se hallaban en peligro, seguras de encontrar el remedio que los salvara. Era la protectora dispuesta siempre a sacrificarse en beneficio de la tribu.
Los jóvenes admiraban su bondad y su belleza, y muchos solicitaron al Cacique el honor de casarse con tan hermosa doncella. Pero Taca rechazaba a todos. Su corazón no le pertenecía.
Ará-Naró, un valiente guerrero que en esos momentos se hallaba cazando en las selvas del norte, era su novio y pensaban casarse cuando él regresara. Entonces el viejo Cacique tendría, en su nuevo hijo, quien lo reemplazase en las tareas de jefe.
La vida de la tribu transcurría serena; pero un día, tres jóvenes: Petig, Carumbé y Pindó, que salieron en busca de miel de lechiguana, volvieron azorados trayendo una horrible noticia. Al llegar al bosque en busca de panales, cada uno de ellos había tomado una dirección distinta. Se hallaban entregados a la tarea, cuando oyeron gritos desgarradores. Era Petig, que, sin tiempo ni armas para defenderse, había sido atacado por un jaguar cebado con carne humana y nada pudieron hacer los compañeros para salvarlo, pues ya era tarde. El jaguar había dado muerte al indio y lo destrozaba con sus garras. Carumbé y Pindó no tuvieron más remedio que huir y ponerse a salvo. Así habían llegado, jadeantes y sudorosos, a dar cuenta de lo sucedido.
Esta noticia causó estupor y miedo en la tribu, pues hasta entonces ningún animal salvaje se había acercado al bosque donde ellos acostumbraban ir a buscar frutos de banano, de algarrobo y de mburucuyá, que les servían de alimento.
Desde ese día no hubo tranquilidad en la tribu. Se tomaron precauciones; pero el jaguar merodeaba continuamente y muchas fueron las víctimas del sanguinario animal.
El Consejo de Ancianos se reunió para tomar una determinación que pusiera fin a semejante amenaza de peligro para todos.
Y decidieron: era necesario dar muerte a quien tantas muertes había producido.
Para conseguirlo, un grupo de valientes debía buscar y hacer frente a la terrible fiera, hasta terminar con ella.
El Cacique aprobó la determinación de los Ancianos. Pidió a los jóvenes de la tribu que quisieran llevar a cabo esta empresa, se presentaran ante él.
Grande fue la sorpresa del jefe cuando vio aparecer en su toldo a un solo muchacho: Pirá-U.
De los demás, ninguno quiso exponer su vida.
Pirá-U sentía gran admiración y un gran reconocimiento hacia el viejo Cacique. En cierta ocasión, hacía muchos años, Aguará había salvado la vida de su padre, de quien era gran amigo. Fue un verdadero acto de heroísmo el cumplido por el valiente Cacique, con peligro de su propia vida.
Desde entonces, nada había que Pirá-U, agradecido, no hiciera por el viejo Aguará. Por eso, ésta era una espléndida oportunidad para demostrarlo. Él sería el encargado de librar a la tribu de tan terrible amenaza. Así fue que Pirá-Ú, sin ayuda de nadie, confiando en su valor y en la fuerza que le prestaba el agradecimiento, partió a cumplir tan temeraria empresa. Gran ansiedad reinó en la tribu al siguiente día. Todos esperaban al valiente muchacho, deseosos de verlo llegar con la piel del feroz enemigo.
Pero las esperanzas se desvanecieron. Pasó ese día y otros más y Pirá-U no regresó.
Había sido una nueva víctima del jaguar. Nuevamente se reunió el Consejo y nuevamente se pidió la ayuda de los jóvenes guerreros. Pero esta vez nadie respondió... nadie se presentó ante el Cacique. Era increíble que ellos que habían dado tantas veces pruebas de valor y de audacia, se mostraran tan cobardes en esta ocasión.
Taca, indignada, reunió al pueblo, y en términos duros y con ademán enérgico, les dijo:
Me avergüenzo de pertenecer a esta tribu de cobardes. Segura estoy de que si Ará-Naró estuviera entre nosotros, él se encargaría de dar muerte al sanguinario animal. Pero en vista de que ninguno de vosotros es capaz de hacerlo, yo iré al bosque y yo traeré su piel. Vergüenza os dará reconocer que una mujer tuvo más valor que vosotros, cobardes!
Así diciendo entró en su toldo. El padre, que se hallaba postrado por la enfermedad, se oponía a que su hija llevara a cabo una empresa tan peligrosa.
- Hija mía -le dijo- tu decisión me honra y me demuestra una vez más que eres digna de tus antepasados. Mi orgullo de padre es muy grande. Te quiero y te admiro; pero la tribu te necesita. Mi salud no me permite ser como antes y sin tu apoyo no podría gobernar.
Padre, los dioses me ayudarán y yo volveré triunfante. Si permitimos que el sanguinario animal continúe con sus desmanes no podremos llegar al bosquecillo en busca de alimentos, y la vida aquí será imposible.
Hija mía; otros deben dar muerte al jaguar. Tú eres necesaria en la tribu y no es muy seguro que te libres de morir entre las garras de la fiera.
Padre... tus súbditos han demostrado ser unos cobardes. Creen que el yaguareté es un enviado de Añá para terminar con nosotros, y temen enfrentarlo. Yo debo salvar a la tribu. ¡Permite que vaya, padre mío!
El anciano tuvo que acceder. Las razones que le daba su hija eran justas y claras y no había otra manera de librarse de enemigo tan cruel.
Y Taca empezó los preparativos para ponerse en viaje ese mismo día al atardecer.
Cuando se disponía a partir, varios jóvenes trajeron la noticia de que los cazadores que partieran hacía una luna, se acercaban. Estaban a corta distancia de los toldos.
Fue para Taca una noticia que la lleno de placer y de esperanza. Entre los cazadores venía Ará-Ñaro, su novio, y él podría acompañarla para dar muerte al jaguar. Impacientes esperaban la llegada de los bravos cazadores, los que se presentaron cargados de innumerables animales muertos, pieles y plumas, conseguidos después de tantos sacrificios y de tantos peligros.
Fueron recibidos con gritos de alegría y de entusiasmo por toda la tribu que se había reunido cerca del toldo del Cacique. Junto a la entrada se encontraba éste con su hija Taca, rodeados por los ancianos del Consejo.
El viejo Aguará saludó con todo cariño a los valientes muchachos, que se apresuraron a poner a sus pies las piezas más hermosas.
- Ará-Naró, después de agasajar al Jefe, se dirigió a Taca, y como una prueba de su gran amor, le ofreció el presente que le tenía dedicado: una colección de las más vistosas y brillantes plumas de aves del paraíso, de tucán, de cisne, de garza y de flamenco. El gozo y la satisfacción se pintaron en el rostro de la doncella, que con una suave sonrisa agradeció el obsequio.
Después... cada uno se retiró a su toldo. Aguará, Taca y Ará-Naró quedaron solos. El sol se había ocultado detrás de los árboles del bosquecillo cercano. Un reflejo rojo y oro teñía las nubes, y como venido de lejos se oyó el grito lastimero del urutaú.
En ese momento, el viejo Cacique comunicó a Ará-Naró la decisión de su hija.
-Hijo mío- le dijo - un jaguar cebado con sangre humana ha hecho muchas víctimas entre nuestro pueblo. El primero fue Petig, que tomado desprevenido, murió deshecho por la fiera. Después Saeyú y otros que, confiados, fueron al bosque en busca de alimentos. Se decidió dar muerte al sanguinario animal; pero Pirá-Ú, encargado de ello, no ha vuelto. Fue, sin duda, una víctima más... Y ahora nadie quiere hacer frente a tan terrible enemigo. Todos le temen creyéndolo un enviado de Añá, imposible de vencer.
Taca, por su parte, ha decidido ser ella quien termine con el jaguar, y piensa partir ahora mismo.
-Taca, eso no es posible- dijo resuelto Ara-Ñaro-. Esa no es empresa para ti. Y los guerreros de nuestra tribu: ¿qué hacen? ¿Cómo permiten que una doncella los aventaje en valor y los reemplace en sus obligaciones?. -Los jóvenes temen a Añá, y no quieren atacar a quien creen su enviado. -Taca, ¡no irás! Seré yo quien dé muerte al jaguar, y su piel será una ofrenda más de mi amor hacia ti.
-No podrá ser, Ará-Ñaró. ¡He dado mi palabra y voy a cumplirla!... Dentro de un instante saldré en busca del jaguar, y cuando vuelva gritaré una vez más su cobardía a los súbditos del valiente Aguará.
-No has de ir sola, Taca. Espera unos instantes y yo te acompañaré.
Ya debo partir, Ará-Ñaro; “yahá!”…, “yahá!”…(¡vamos!, ¡vamos!).
Pronto se reunió Ará-Ñaró a su prometida, y cuando la luna envió su luz sobre la tierra, ellos marchaban en pos del enemigo de la tribu. La esperanza de terminar con él los alentaba. Cuando llegaron al bosque, Ará-Ñaró aconsejó prudencìa a su compañera, pero ella, en el deseo de terminar de una vez por todas con el carnívoro, adelantándose, lo animaba:
- “yahá!”…, “yahá!”…
Cerca de un ñandubay se detuvieron. Habían oído un rozamiento en la hierba. Supusieron que el jaguar estaba cerca. Y no se equivocaban. Saliendo de un matorral vieron dos puntos luminosos que parecían despedir fuego. Eran los ojos de la fiera, que buscaba a quienes pretendían hacerle frente. Con paso felino se iba acercando, cuando AraNaró, haciendo a un lado a su novia y obligándola á guarecerse detrás de un añoso árbol, se dirigió, decidido, hacia la fiera.
Fueron momentos trágicos los que se sucedieron. ¡El hombre y la fiera luchando por su vida! Ará-Naró era fuerte y valiente, pero el jaguar, con toda fiereza, lanzó un rugido salvaje. Taca, que desde su escondite seguía con ansiedad una lucha tan desigual, se estremeció.
Un zarpazo desgarró el cuello del valiente indio y lo arrojó a tierra. Con él rodó la fiera enfurecida y poderosa.
Taca dio un grito, y de un salto estuvo al lado del animal ensangrentado, que se trabó en pelea con su nueva atacante.
Pero fue en vano. En esa prueba de valientes, ninguno salió triunfante.
Taca, Ará-Ñaró y el jaguar pagaron con su vida el heroísmo que los llevó a la lucha.
Pasaron los días. En la tribu se tuvo el convencimiento de la muerte de los jóvenes prometidos.
-El viejo Cacique, cuya tristeza era cada vez mayor, fue consumiéndose día a día, hasta que Tupá, condolido de su desventura, le quitó la vida.
Todos lloraron al anciano Aguará, que había sido bueno y valiente, y de quien la tribu recibiera tantos beneficios.
Prepararon una gran urna de barro, y después de colocar en ella el cuerpo del Cacique, pusieron sus prendas y, como era costumbre, provisiones de comida y bebida.
En el momento de enterrarlo, en el lugar que le había servido de vivienda, una pareja de aves, hasta entonces desconocidas, hizo su aparición gritando: -- “yahá!”…, “yahá!”…
Eran Taca y Ará-Naró, que convertidos en aves por Tupá, volvían a la tribu de sus hermanos.
Ellos los habían librado del feroz enemigo, y desde ahora serían sus eternos guardianes, encargados de vigilar y dar aviso cuando vieran acercarse algún peligro.
Por eso, el chajá, como le decimos ahora, sigue cumpliendo el designio que le impusiera Tupá, y cuando advierte algo extraño, levanta el vuelo y da el grito de alerta: ; "Yahá!..., " "Yahá!"..
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Mikamy
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