23 julio 2006

La ciudad del Zug


En otra época, el lago Zug, situado en lo alto de una montañas, no lejos de Lucerna, había sido el reino de las ondinas, gobernado por un Rey Elfo desde un palacio de cristal ubicado en el fondo del lago.
De vez en cuando por la noche, las hijas del Rey se unían a los jóvenes de la ciudad.
Bajo la luz de las farolas, las doncellas de la aguas danzaban en la fiesta de la cosecha y desaparecían al amanecer, dejando un rastro de gotas de agua que conducían hasta la orilla del lago.
Sin embargo la marcha no era siempre fácil.
Una joven ondina se enamoró profundamente de un muchacho del lugar, el cual, por su parte, quedó cautivado por la doncella, cuya voz era tan suave como el murmullo de las olas del lago, y en cuyo pelo relucían como diamantes miles de gotitas de agua.
No obstante la ondina moriría si permanecía más tiempo en la tierra, así que como era diestra en encantamientos, formuló un hechizo que permitiría al joven vivir bajo el agua, sin necesidad de aire para respirar, pero no pudo eliminar la nostalgia por lo suyos.
Poco a poco, el joven se fue entristeciendo y debilitando entre los salones de cristal en los que habitaba la ondina.
El espíritu, decían los suizos, usó todos sus poderes para aliviar el sufrimiento de su amante.
Entre un ocaso y un amanecer, hechizó la ciudad, trasladándola a las profundidades del lago.
Durante siglos, quienes miraban las aguas de Zug pudieron ver algo más que los reflejos de las nubes y las montañas.
Si el aire era lo bastante nítido y la luz clara, distinguían una ciudad entera bajo el agua.
Y no era una ciudad sumergida: la gente andaba por las calles y los jardines.
Al caer la noche, las luces tintinaban en las casas y entonces, desde la orilla se podía escuchar el tañido de la campana de la iglesia emergiendo desde el fondo del lago, llamando a la ondina y a su amante a reunirse en el sosiego de su hogar.


(leyenda suiza)


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26 junio 2006

Cerro La Isadora


Hace tiempo, una hermosa mujer, madre de dos hijos, se fue a vivir a lo que hoy se conoce como el cerro “La Isidora”. Las malas lenguas (infaltables en toda época) cuentan que era una mujer loca, que había sufrido mucho por la muerte de su marido, al que nunca olvidó. Las gentes decían que se amaron mucho y que, debido a ese amor, él había muerto asesinado por un primo celoso de ella, Isidora, que era el nombre de la mujer. Más tarde aquel desgraciado intruso, causa del infortunio de Isidora, tan hermosa como la luna llena en una noche estrellada, se suicidó lanzándose al río una noche de San Juan.

Isidora era una mujer bellísima, que gustaba cantar en las noches de verano. Pero todo cambió cuando su amado se fue en brazos de la muerte forzada, aquella muerte detestada por todos. Después de esto, Isidora tomó a sus dos pequeños hijos y se fue con ellos al cerro que hoy lleva su nombre, en San José de Maipo. Cuando pasó por el pueblo casi nadie se fijó en ella, era una extraña más que llegaba a este valle que oculta misterios y romances malditos. Esta claro, también, que nadie entendía el porqué de vivir en el cerro, sola y con sus hijos. Algunos lo asimilaban a la supuesta locura de esta mujer, pero otros decían que practicaba la magia negra, como ha sido muy común desde siempre en algunas mujeres del Cajón del Maipo.
Pasó el tiempo y los hijos de Isidora crecieron, y un día decidieron marcharse para probar fortuna en el pueblo o irse a la capital. Isidora se entristeció mucho, pero aceptó que sus retoños se lanzasen a la vida. Ellos prometieron volver, una y otra vez le dijeron que regresarían para llevársela a un lugar muy hermoso. Por eso cada atardecer, asomada sobre unos riscos, Isidora salía a ver si sus hijos venían. Pero estos nunca regresaron.

La vida se acabó para esta mujer, las lágrimas brotaron sin cesar una y otra vez de sus ojos melancólicos, los pasos comenzaron a decaer, el cabello se volvió blanco como la nieve y las arrugas se hicieron presentes. Por último, Isidora murió de pena en una noche de Luna.
Los hijos no volvieron, se olvidaron de la madre e hicieron fortuna en el norte. Pero uno de ellos, muchos años después regresó. Vino a estas tierras y fue al cerro, buscó el lugar donde habían vivido y encontró los huesos de su madre. Les dio sepultura y se marchó sin decir palabra. Pero a pesar de esto, por la ingratitud de los hijos y la promesa no cumplida, el alma de Isidora comenzó a vagar por aquel cerro, llorando por ellos. Hasta el día de hoy aún se puede sentir el triste gemido de Isidora por las quebradas. Este llanto no es como el llanto de la Llorona, es melancólico y dulce a la vez, no daña a nadie. Es el llanto de una alma que no descansa en paz, porque aún no encuentra la luz de sus ojos, sus hijos...

Fuente: la91fmchile

(leyenda chilena, zona centro)


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16 junio 2006

El Lago Titicaca


Hace mucho tiempo, el lago Titicaca era un valle fértil poblado de hombres que vivían felices y tranquilos. Nada les faltaba; la tierra era rica y les procuraba todo lo que necesitaban. Sobre esta tierra no se conocía ni la muerte, ni el odio, ni la ambición. Los Apus, los dioses de las montañas, protegían a los seres humanos. No les prohibieron más que una sola cosa: nadie debía subir a la cima de las montañas donde ardía el Fuego Sagrado. Durante largo tiempo, los hombres no pensaron en infringir esta orden de los dioses. Pero el diablo, espíritu maligno condenado a vivir en la oscuridad, no soportaba ver a los hombres vivir tan tranquilamente en el valle. Él se ingenió para dividir a los hombres sembrando la discordia. Les pidió probar su coraje yendo a buscar el Fuego Sagrado a la cima de las montañas. Entonces un buen día, al alba, los hombres comenzaron a escalar la cima de las montañas, pero a medio camino fueron sorprendidos por los Apus. Éstos comprendieron que los hombres habían desobedecido y decidieron exterminarlos. Miles de pumas salieron de las cavernas y se devoraron a los hombres que suplicaban al diablo por ayuda. Pero éste permanecía insensible a sus súplicas. Viendo eso, Inti, el dios del Sol, se puso a llorar. Sus lágrimas eran tan abundantes que en cuarenta días inundaron el valle. Un hombre y una mujer solamente llegaron a salvarse sobre una barca de junco. Cuando el sol brilló de nuevo, el hombre y la mujer no creían a sus ojos: bajo el cielo azul y puro, estaban en medio de un lago inmenso. En medio de esas aguas flotaban los pumas que estaban ahogados y transformados en estatuas de piedra.
Llamaron entonces al lago Titicaca, el lago de los pumas de piedra.

Fuente: America
(leyenda Inca)


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24 mayo 2006

Leyenda del Monte Perdido


Dicen que hubo un tiempo en el cual allí, en ese paraje, no había ninguna montaña. Eran amplios prados en los cuales los pastores llevaban a pastar a sus ovejas...
Cuenta la leyenda que uno de estos pastores estaba tranquilamente sentado jugando con su navaja a tallar en una rama de boj. En eso un hombre se le acercó. Se tratabade un mendigo, pobremente vestido, descalzo y con rostro demacrado tras tantos días de ayuno. Este le habló al pastor diciendo: - Llevo mucho tiempo sin probar bocado. Dame algo de comer, Dios se lo pagará.- El pastor, duro de corazón, no le hizo ni el menor caso. El mendigo siguió insistiendo, pero el pastor le respondió de malas maneras reprochándole que él también pasaba hambre y frío. Finalmente el pastor se volvió a concentrar en la talla del boj. Mientras, el mendigo seguía insistiendo en vano...
Cuenta la leyenda que instantes después de negarle auxilio al mendigo, el valle quedó impregnado de niebla. El pastor, amedrentado, se desentendió del mendigo con el fin de recoger el ganado disperso por el prado. Pero, con aquellas nieblas, se hacía completamente imposible. Todos estaban irremediablemente perdidos. Los nubarrones tornaron en una intensa lluvia, como jamás se había producido en los pirineos. Perro, pastor y ganado se perdieron definitivamente y nunca más se supo de ellos.
Los montañeses afirman que justo en donde se perdieron apareció una nueva montaña formada de piedra y hielo. Sin duda la más formidable, impresionante y peligrosa del Pirineo. Fue el castigo a aquel pastor que había negado a San Antonio un currusco de pan. Puesto que él dijo, cuando el pastor le negó caridad, «Te perderás por avaricioso, y allí donde te pierdas, saldrá un gran monte, inmenso, tan grande como tu falta de caridad».
Es por ello que Monte Perdido esta compuesto sólo de rocas y hielo, como el corazón del pastor...


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15 mayo 2006

El pozo amargo


En la noble mansión de doña Leonor el silencio es absoluto.
Terminado el rosario, que pasa la propia dueña después de yantar de la noche, los criados, una vez apagadas las luces y escudriñados rincones, retíranse a su aposento a descansar. Todo es silencio en la noche estrellada y lunar. De improviso, una sombra surge del portal, que con mucho sigilo y cuidando que los goznes no chirríen, cierra las claveteadas puertas, y calado el chambergo, embozado en su amplia capa carmesí y con la mano en la empuñadura de la espada, se aleja procurando que el ruido de las espuelas no le delate.
Es el joven don Fernando, que, presuroso, se dirige por la actual calle del Nuncio Viejo, sorteando encrucijadas peligrosas, a ver a Raquel, la bella hebrea, señora de suspensamientos.
Sonoras e imponentes caen sobre Toledo las diez campanadas de la noche. Don Fernando encamina sus pasos calle abajo, hasta detenerse junto a las tapias de un frondoso jardín que circunda el palacio del potentado israelita Leví. La noche, con su silencio perfumado de mirtos y claveles, envuelve acogedora las fragancias líricas de la juventud. Con cuchillos de plata, la luna hiere en un ventanal sus góticos ajimeces, mientras riela temblorosa, al murmullo del surtidor, en el estanque del jardín. Como a una cita prevista, en la ventana aparece Raquel, la hija única del potentado judío. Don Fernando, al verla, hace una cortés reverencia, y con agilidad increíble, asiéndose a las yedras y a los salientes, escala la tapia y va a reunirse con la amada en el fondo del jardín. La luna, con su cara enyesada, sonríe funambulescamente al ocultarse entre los jirones de tul de las nubes, pero no sin antes arrancar destellos de una daga que describe una curva de muerte que va por la espalda al corazón de don Fernando.
Un gemido ahogado y un cuerpo que se desploma sin vida sobre la arena del jardín, mientras que la sombra homicida se pierde en las frondas. Acude Raquel, y un grito siniestro se escapa de su pecho al ver sangrando en tierra al caballero. La luna se ha ocultado ahora entre nubes cárdenas y estalla el trueno, al tiempo que resuena una carcajada del viejo vengativo.
Todas las noches Raquel acude como a cita imaginaria al brocal del pozo del jardín. Su blanca silueta destaca sobre el fondo verdinegro de los vergeles, mientras sus pálidas manos enlazadas descansan sobre el regazo. Vierte sus lágrimas doloridas en el fondo del pozo, cuyas aguas un día se hacen amargas...
Y cierta noche, en el sortilegio del plenilunio, la infeliz Raquel, en su extravío, creyendo ver en las aguas de la cisterna la imagen del amado, es atraída por ella a lo hondo.

Viajero: Esta es la leyenda que dio nombre a la calle del Pozo Amargo, en cuya plaza solitaria verás una losa que cubre aquella poterna de aguas no salobres, sino amargas de las lágrimas que en ella derramó la bella israelita.

Fuente: Mitología y Leyendas
(Leyenda de Toledo, España)


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